domingo, 12 de julio de 2015

Capitulo I - La Noche de Neydn

La noche de Neydn




Se cuenta, en el ancestral Cultes des Neydn, que en la tierra lejana de Revalya aconteció una desgracia sin igual. El tomo maldito y añejo habla de que, en una noche helada de pálida luna, descendió una ciclópea ciudad de los abismos lunares.
Se habla de que las edificaciones brillaban con luces vaporosas e hipnóticas de aquellas teas, y que las ventanas altas y titánicas dejaban entrever unas siluetas extrañas que danzaban bizarramente.
Durante días, los habitantes de las colinas contemplaron el palacio del exilio donde se desarrollaban extraños juegos. El escalofrío que aquel edificio y las cosas que se retorcían en sus entrañas despertaban en sus mentes supersticiosas era terrible.
Y fue el miedo lo que los forzó a acercarse a aquellas almenas encantadas llenas de luces hipnóticas.
Vapores purpúreos se alzaban viciando las brumas mefíticas que flotaban entre nudosos troncos de árboles desconocidos.
Los guerreros de la vecina aldea comercial de Revalya temblaron al pasear sus vistas desesperadas y temerosas por aquellos lúgubres bosques tan distintos a los suyos, en la mente de Hastys, el líder de la expedición nació la frenética idea de que aquella ciudad era un fragmento de otro mundo traído por alguna blasfema brujería. Aquella ciudad estaba maldita.
La mente bárbara del joven revalyan se llenó de las voces supersticiosas de sus ancestros que hablaban de reinos obscuros donde negros dioses deformes y dementes reinaban desde tronos lúgubres.
Se preguntó qué Dios moraría en aquella ciudad fantasma. Porque, indudablemente era un lugar de muerte.
Hastys y sus valientes notaban el hedor dulzón de una muerte ácida flotando en el aire enrarecido de aquel pantanal. Salieron a trompicones a una amplia calzada cuyo empedrado era de una textura tan diferente y uniforme que, parecía haber sido aplanada por miles de pies a lo largo de los siglos, o pisada por un único gigante en trabajo meticuloso.
Pero el polvo, la mugre, el silencio, escombros y fragmentos de edificaciones, templetes y murallas derruidas hablaban en silencio de un desastre. De una terrible hecatombe acaecida años atrás, los muros, gastados y enrojecidos, los templos, destrozados y esqueléticos, las calles, solas y ruinosas.
El corazón de los guerreros revalyan se estremeció y algunos puños temblaron un poco sacudiendo las lanzas de punta de obsidiana, pero perseveraron, no podían volver con el chamán sin decirle qué dios o criatura embrujaba aquella ciudad.
A lo largo de las gastadas calles se esparcían montículos gastados por vientos de otros mundos. Hastys tembló, ¿Acaso estaría pisando con sus sandalias de cazador alguna de las naves de nube de los Dioses dónde éstos viajaban a sus danzas nocturnas? La perspectiva de estar profanando alguno de aquellos raros y embrujados navíos voladores y el precio por la osadía aumentaron su nerviosismo.
Geryn, el arquero de ojos penetrantes escrutaron los altos ventanales tratando de descubrir los trazos de aquellos bailarines sombríos.
El arquero tragó saliva, no distinguió las formas, pero sí esbozó lo suficiente para cerrar los ojos, Hastys lo cuestionó en voz baja, los revalyans se ocultaron en unos arbustos.
Geryn les contó que, a la luz de extraños y repugnantes bulbos brillantes, un salón de altos muros nervudos servía de fondo para un espectáculo siniestro de sombras.
Siluetas famélicas, alargadas y chocantes sacudían sus miembros delgados y tan ajenos a lo humano que fueron la causa de que el bravo arquero desviara la vista.
Los revalyans eran una tribu guerrera, cazadora y agricultora, pero también apreciaban la belleza, el arte y sobre todo las leyendas de sus ancestros que eran la piedra angular de su fe. Ninguno se rió o increpó al arquero, todos comprendían que estaban en una de las odiosas ciudades negras de los dioses tenebrosos del cielo, aunque ignoraban quién viajó desde el negro abismo, reptando entre las estrellas hasta colgarse de aquél trozo de tierra.
Hastys y sus hombres formaron un círculo y oraron mentalmente a los héroes de sus ancestros en busca de consuelo y valor, luego, el guerrero ordenó a Geryn que volviera a la aldea y que reuniese todos los guerreros y vigilase los bosques y sobre todo, que convocase a todos los chamanes, brujos, adivinos, nigromantes y hechiceros para ir a contemplar aquel siniestro e infernal trozo del cosmos.
El arquero salió con pesar al dejar a sus hermanos ante los portales del palacio iluminado por aquellos repugnantes bulbos fosfóricos que parecían crecer más que pender de las nudosas paredes nervudas.
Parecía más un ser vivo que un edificio.
Con éste terrorífico pensamiento, el valiente arquero volvía a Revalya con el mensaje.
Hastys y el resto de guerreros alzaron la vista, incluso la madre blanca del cielo estaba viciada por el aire insano de aquella ciudad de pesadilla. Lucía extrañas iridiscencias estriadas quizá por el vapor purpúreo que se alzaba de los miasmas que quizá serían estanques y arroyos pútridos ya. Incluso alguno de los guerreros creyó ver una pequeña y blasfema señal de vida en un repugnante chapoteo en aquel miasma podrida. ¿Qué tipo de vida será la capaz de vivir en un sitio tan impuro?
Y marcharon bajo la enrarecida luz de luna, marcharon sorteando los escombros, derrumbes y fallas, marcharon pese a que el miedo se les enroscaba en el pecho como una serpiente.
Y llegaron hasta las murallas del titánico palacio central de aquella ciudad muerta. La mente de aquellos bárbaros se inundó de mil gritos ancestrales en su mente, aullando enloquecido, un obscuro sentido de fatalidad y peligro se disparó.
No había portal alguno que accediese a aquél coloso.
Hastys y sus guerreros examinaron el palacio, la roca era del mismo liso material del que estaban pavimentadas las rojizas y sucias calles, aunque el material del palacio mantenía una calidad pulcra de un hermoso color claro brillante, y sus muros eran tan altos y tan lisos que no podrían escalar por ellos, sólo la kui-hy, lagarto de montaña que se creía mensajero del submundo, podría ascender por aquella antinatural superficie.
La situación era qué hacer, al notar que una intrusión no era viable de momento, se optó por el espionaje, saber cuanto pudiesen para informar mejor a los sabios brujos y chamanes.
Los guerreros avanzaron, Kulmaz, el menor de todos era quien poseía mejor memoria del grupo para los detalles que los otros pasaban por alto, era hábil al recordar sendas, caminos, formas estelares, símbolos y dibujos, Hastys, que era primo de éste, estaba seguro de que aquél muchacho podría aspirar a ser chamán algún día, o ayudante de oráculo, Hastys sabía que Kulmaz tenía el don de la profecía.
Y lo más importante, conocía de memoria todas las leyendas de los terribles Dioses de los Abismos del Cielo.
El joven avanzó mesando sus barbas ralas que denostaban su adolescencia mirando los grabados que adornaban los muros.
Había muchos grabados, el chico pasó la mano por aquellos trazos, tembló de emoción al imaginar las manos que habrían tallado tan primorosamente aquellos frisos.
Miró las escenas, había figuras, altas, imponentes y señoriales, indudablemente dioses, o hijos de dioses, ya que el porte severo, apostura y corpulencia sólo podían pertenecerle al creador de la vida. Enki, quizás, y sus hijos liderados por Marduk. Un suspiro de alivio comenzó a formarse en el pecho de Kulmaz, pero murió antes de nacer, a mitad de su garganta al notar la escena siguiente, los dioses cargando miles de ciudades con cilindros, cajones y otras cosas desconocidas, sus rostros, antes estoicos y seguros, ahora mostraban algo a caballo entre el miedo y la inquietud, aquellos sabios huían a los cielos desde algún paraíso lejano al negro, frío y silencioso éter.
Al parecer, aquella ciudad era un trozo de aquél paraíso, lleno de vida, de manantiales naturales habilitados por ingeniosos armazones que maravillaron al joven, miró a los sabios, tranquilos al fin mirando un cielo de estrellas borrosas, quizá viajando muy rápido, más rápido aún que la luz de las estrellas que trataba de seguirlos inútilmente.
Pero algo ocurrió durante su travesía, navegando desde su mundo al nuestro en su ciudad. Unas figuras negras, esbozadas con arte y maestría así como brutál realismo horrorizaron a los guerreros.
Largas extremidades similares en forma a las de los arácnidos pero con la correosa textura del cuero de reptil evidenciada por finísimas escamas. Torso delgado y fino aunque musculoso denostando una feroz resistencia y una elasticidad inimaginables, anchas espaldas de las que sobresalían garras cartilaginosas aunque de una dureza indudable, ya que muchos grabados mostraban a dichos seres usándolos en frenéticos ataques contra la raza de los sabios, se veía un grupo atacando a uno de aquellos titanes que, pese a su tamaño e indudable poder siempre terminaba superado por los puros números.
El joven casi creyó escuchar los aullidos de aquella deidad al ser destrozada por aquellos seres tan extraños.
Ya por último, la cabeza, dinámica y brutal para el cuerpo que poseían obviamente siguiendo alguna ley desconocida de anatomía, o simplemente una geometría de pesadilla, aquellas bestialidades poseían grandes ojos que abarcaban los flancos de la cabeza.
Al frente y atrás, un par más de ojos dándole seis de éstos, un hocico breve pero repleto de afilados y finos colmillos con los que devoraban los cadáveres que iban cosechando, la cabeza de aquellos seres casi sería una calavera, y quizá lo fuera de los pómulos a las quijadas, pero pómulos arriba era otra cosa, algo tan bizarro que ninguno quiso conjeturar.
Aquellos seres se pasearon por las calles de la ciudad internándose en palacios, templos y altares profanando todo, y al final, encerrándose en las entrañas subterráneas de unas catacumbas extrañas.
Los sabios, previendo esto, sellaron el palacio del exilio con poderosos sortilegios y temibles maldiciones, los frisos los mostraban cerrando los portales con rayos, voces, música y algo más que el joven no comprendió en un principio.
Y después, estos mismos señores, los últimos que sobrevivieron a la voracidad de aquellos entes decidieron sepultarse antes de perecer de forma tan ominosa. Ahora comprendía, aquello no era un palacio, sino una cripta-prisión.
Las criaturas quedaron encerradas dentro, mientras, los últimos hijos del cielo se colocaban dentro de ataúdes negros de cristales similares a la obsidiana para dormir el sueño de la muerte, justo bajo el centro de la prisión.
No había más grabados, sólo una inclinada y garigoleada línea de trazos que el chico asimiló con escritura, ni se esforzó en leerlas, eran palabras de dioses que sólo otros dioses podían leer.
Quizás alguna advertencia, quizás algo más.
Hastys, tras escuchar el relato discernido miró las altas almenas iluminadas de la extraña y repugnante luz, y oyó el ruido de tambores, de melodías bizarras, bárbaras e hipnóticas aún para él. El guerrero recordó la ceremonia de su mayoría de edad, tantos años atrás, la noche en que él bailó con la quimera en los bosques, aquello era una burda parodia, pero le recordaba tanto aquello, oyó los sonidos horridos y cloqueantes de aquellos seres parte insecto, parte lagarto y parte cadáver que se retorcían y sacudían dentro del horrido infierno que era aquella fantasmal edificación.

Hastys miró las almenas y las sombras danzarinas y nebulosas le mostraron que eran aquellos seres retratados en los frisos, eran las criaturas que acabaron con esos dioses que nunca llegaron, y la ira ocupó el lugar del miedo en su alma guerrera.

viernes, 3 de julio de 2015

La Tierra donde no Vivía Nadie - Cuento

La Tierra Donde No Vivía Nadie
Original de Baal Fausto Aramizaél Kurioz
Franco Misaél Sánchez Díaz


Dedicado Cariñosamente a Laudáno y el equipo de Noviembre Nocturno
Por su labor en pro de las letras y el arte subterráneo.

Larga vida a la Fantasía


“El olor a humo ácido y aliento del caballo
Me acerco a una muerte segura”

Harris

I



         Aun recuerdo el por qué demonios quise pasar por aquel pueblo maldito, aun recuerdo como llegué después de lo que me parecieron años enteros... recuerdo el día, la hora, la fecha... y el motivo...
         Recorría la República montado en mi Iron Horse 78, clásica motocicleta de Harley Davidson, me podrás imaginar en aquellos años salvajes, chaqueta de piel, Jeans ajustados de mezclilla roída azul, mi melena al aire, botas de corte militar, playera negra con el logo de mi grupo favorito... Iron Maiden... por cierto, Walkman al cinto escuchando repetitivamente el disco mas actual de mi banda, The Number of the Beast...
         Me detuve a cargar gasolina en una abandonada autopista de Jalisco, el año, bueno, ya que insistes era 1984, si, hace algunos ayeres, me encendí un cigarrillo sin filtro cuando entré a la tienda que estaba junto a la gasolinera mientras llenaban el tanque de mi bebé, al parecer, era demasiado rural aquella autopista, aunque pensándolo bien, la republica en general era demasiado rural en aquel año... estoy hablando de provincia... mientras observaba un escaparate de cassettes y decidía entre comprar un simple sándwich “para llevar” o preguntar por algún “restaurante” en las cercanías, contemplé a un par de arrieros que se bebían unas lulús dentro de la sombra que proyectaba la tienda.
         –Pos si, Melitón decedió pasar por Tecolotlán... el muy baboso se creé que Diosito no estaba mirando la tarugada que hacia de pasar por aquel pueblo que su mercé maldijo hacia tantos añales...
         –Pobre Melitón, mesmito ayer me estaba acordando de’l, ¿Crees que vuelva?
         –Sólo el de arriba lo sabe si le da mercé o no...
         Miré divertido la conversación, aunque una parte de mi me picó la cresta de ir y preguntarles donde estaba el mentado Tecolotlán ese... nada mas por pura curiosidad morbosa...
         –Disculpen, ¿Podrían decirme donde esta el pueblo más próximo? –Decidí meterme de golpe en la plática.
         Uno de ellos me miró con cierto recelo, al parecer no le latió mi forma de vestir, de hablar o quizás solo no le caían bien los “De la ciudá” como nos llamaban por ahí.
         –Pos verá usted... –Dijo el que menos importancia prestó a mi indumentaria. –Allá detracito de esas lomas pelonas, por onde se alcanza a ver la manchita de carretera, está el pueblo de San Jacinto de los Laureles, ahí puedes tú encontrar fondas y casas de huéspedes, de a tostón la noche, queda como a cuatro horas de aquí en “astromovil”, si te vas caminando pué que un poquito más... –Y pegó la carcajada la cual yo correspondí con una sonrisa – ese es el mas cercano...
         –Por allá –Dije. –Alcanzo a ver unas casas... ¿Ese no es un pueblo?
         Los dos arrieros se persignaron. Pareciese que los bueyes que llevaban cargados de leña también comprendieron lo que había dicho pues comenzaron a incomodarse, uno de los arrieros (el más hosco) salió para calmar a las bestias, mientras el otro con gesto más de conmiseración que de reproche me dijo temblorosamente.
         –Su mercé por dios que no quere pasar una noche en ese lugar maldito de Dios... no quere... ese lugar se nombra (O se nombraba) Tecolotlán, y nadie ha pasado una noche allí a menos que quera amanecer bien tirante...
         –¿Tirante?
         –Dejunto, pues...
         –Ah, ya, ¿Por qué?
         –Pos allí vive el demonche...
         Intuí que se quiso referir al diablo...
         –¿Por qué dice eso? –Dije interesado por la posible ocasión de escuchar un buen relato relacionado con el pasado de México... a pesar de todo, me encantan los relatos de terror relacionados con leyendas arrieras y de pueblitos fantasmas, me apasionaba demasiado poder ver, oír una de primera voz, y por fin encontraba un verdadero pueblo encantado, el cual podía ver en el horizonte.
         Yo no me caracterizo por ser de mentalidad demasiado fantasiosa, no, pero a pesar de que no creía una palabra, no podía dejar de advertir que una extraña sombra se posaba sobre el pueblo, una sombra indefinida, como la de una nube pasajera, aunque, claro, el cielo estaba despejado y azul...
         –Es un relato triste, joven... y usté tendrá prisa...
         –No... Sólo déjeme ir por mi bebé a la gasolinera y estaré con usted... claro, si no interrumpo demasiado...
         –Vaya su mercé... aquí le’spero, sólo le contaré la historia con una condición...
         –¿Cuál?
         –Que no vaya a pasar por allí más que de rápido... que no se detenga por nada hasta haber llegado a San Jacinto...
         Sonreí de la candidez de aquella gente tan simple.
         –Ok...
         Cuando regresé montado en mi motocicleta, los dos arrieros estaban sentados uno junto al otro en una banca dentro de la tienda, yo sólo acomodé mi moto frente a la banca y me acomodé lo mejor que pude para escucharles.
         –Güeno... su mercé disculpará las apuraciones para contarle, así que...
         ... Y dio comienzo al siguiente relato.



II



         A mi entender, la idea fue la siguiente, hace muchísimos años, en ese pueblo llamado Tecolotlán, había muchos habitantes, habitantes buenos, habiendo de todo, desde agricultores, ejidatarios, ganaderos, en fin, todo tipo de gente que llena un pueblo decente.
         Y como en todo, había una iglesia, la Iglesia Mayor de Tecolotlán, por lo que pude intuir, ese lugar debió haber sido importante en sus años, pues supuestamente hacían peregrinaciones desde lugares muy remotos para venerar al santo de ahí, el santo Señor del Sepulcro...
         Según me comentó el arriero, el Señor del Sepulcro era una imagen demasiado milagrosa, se le llegaba a atribuir el don hasta de resucitar muertos... según se cuenta, nadie le había pedido ese favor, ya que la gente creía que cuando Dios mandaba traer a uno, era porque así era, no se debía cuestionar, ni retar, ni mucho menos impedir dicho viaje...
         Ah, pero como en todo el mundo, hubo uno que intentó, que intentó realizarlo...
         El difunto Remigio García y Torrado...
         Según la historia, ese sujeto junto con su compadre, Heriberto Rico Salgado, hicieron un trato, un trato demasiado morboso que se me antojó emular a mi llegada al DF con mi compañero de juerga Martín.
         Ese trato era el siguiente: “Cuando uno de los dos muera... regresará a este mundo para contarle al otro como es el otro mundo” el trato fue firmado con sangre en la Noche de San Juan frente a un mítico Ahuehuéte que aún perdura...
         Y como era de esperarse, la muerte llegó como cosechador nocturno en medio de la negrura inmemorial de la Noche Sin Fin... el que se fue primero fue Heriberto...
         Remigio esperó poco que su compadre regresara del mundo sepulcral a visitarlo... claro... que poco tiempo siempre es demasiado para una espera tan ansiosa como la que vivía nuestro héroe.
         Acosado sin parar día y noche, no podía ni probar bocado a gusto, en ningún lugar podía estar en paz sin sentir que una mirada torva se posaba sobre él... claro... era la mirada recelosa de la muerte...
         Y al tercer día... ocurrió...
         Unos arañazos en la enorme finca del terrateniente despertaron a toda la servidumbre que el desdichado viejo tenia como toda su compañía, unos gritos infernales que al parecer provenían de las mismas entrañas del infierno... y el viento soplaba con fuerza...
         –He regresado... he venido a platicarle como está el asunto por allá en el infierno que es a donde nos iremos, compadre, abra la puerta... he venido pa’ platicarle... y lueguito mismo me lo llevo conmigo!!!
         El viejo aterrado atrancó la puerta de su cuarto a piedra y lodo, los desdichados criados salieron a ver quien era... y jamás... jamás fueron vueltos a ver...
         La voz infernal se acalló cuando dos muchachos arrieros comenzaron a gritar y a orar a grito en cuello, al momento que la voz de ellos se perdía en la negrura del silencio, una carcajada famélica se dejó oír por todo el pueblo.
         Al día siguiente, el asustado Remigio se dirigió a la capilla principal para rogarle al Señor del Sepulcro que regresara a Heriberto al susodicho (irónico, ¿cierto?) y que el hechizo lanzado en la noche de San Juan no surtiera más efecto...
         El cura lo escuchó atento cuando Remigio le contaba lo del pacto.
         –No hay mucho que hacer, hijo mío... sólo confiar en el Señor... encomiéndate a su divina gracia y todo irá bien...
         Y así lo hizo, pasaron tres noches cuando escuchó nuevamente los arañazos en la puerta... los gritos...
         –Ora si no se salva, Sal ya Compadre, te voy a llevar aunque me tome toda la pinche eternidá...
         Poco a poco Remigio se dio cuenta de algo, Heriberto no podía entrar a su casa... por algún motivo no podía entrar... ¿Cuál seria ese motivo?
         Pensó, intentó pensar, pero los gritos de afuera no lo dejaban...
         Unos pasos resonaron en la calle...
         Luego una voz de hombre que lanzaba una expresión de sorpresa.
         La misma voz en un grito de terror...
         ... Y el silencio...
         Heriberto venia a este mundo por almas... no era necesario que fuese la que él venía a buscar... solo un alma, cobrando un alma por noche... sería suficiente... pero lo que él esperaba para liberarse del maleficio era llevarse el alma de Remigio...
         Remigio al día siguiente salió de la casa para descubrir que aquello que evitaba que Heriberto entrara en su hogar era una cruz levantada sobre el arco de la entrada a la finca, la Santa Cruz de Caravaca.
         No tenia idea yo de lo que seria esa cruz ni qué propiedades, sólo intuí que sería un poderoso talismán contra dicho espectro, por labios del arriero supe que era un efectivo protector contra el mal.
         Mandó hacerse una cruz de Caravaca en plata pura para llevarla siempre al cuello, así, transcurrió el tiempo, durante el cual, la población fue diezmada por lo que algunos estudiosos venidos de la capital llamarían como “La plaga de los mil días”.
         Nótese que fue en ese lapso de tiempo en el cual la población de ser numerosa decreció dramáticamente, hasta que el cansado terrateniente decidió largarse con rumbo desconocido, los que quedaron poco a poco se fueron de ese lugar maldito.
         Y se dice que el alma en pena de Heriberto aun sigue buscando a Remigio por las calles vacías, oscuras y malditas de Tecolotlán, gritando maldiciones y llevándose al infierno a cuanta alma puede...
         Ahí terminó el relato, los viejos arrieros se levantaron y tomando a sus animales echaron a andar en dirección contraria a donde quedaba aquel pueblo del infierno.

         Obviamente quedé muy impresionado por el relato, (no de miedo, debo confesarlo) quería experimentar el terror en su estado más puro, así que arrancando mi Iron Horse eché carrera hacia donde me dijeron que quedaba Tecolotlán.



III



         Cuando llegué a una plazuela oscura, fría y desierta, tuve la certeza de que estaba en ese pueblo maldito del que recién había escuchado la historia, me extrañaba que en efecto no hubiera ni una sola alma, ni la de un perro.
         Pero llevaba mis Walkman, mi moto y mi cajetilla de cigarrillos “especiales” y la mejor arma de todas... mi falta de miedo...
         Quedaba aun luz de día cuando llegué, intenté imaginarme el pueblo en sus mejores días, lleno de gente, de ese olor a día de mercado en provincia, ha, hubiera sido hermoso pasearme en dicho pueblo en un día mejor que ese...
         En fin, ese día había ido para ver a un alma que posiblemente de verme y yo de verla, me llevaría derechito pa’l infierno utilizando las palabras que había oído de aquellos arrieros.
         Como tenia físico ejercitado, escalé en uno de los faroles para checar si aun tenia petróleo, sorprendentemente sí, utilizando mi encendedor logré prender unos cuantos para poder iluminarme bien durante la noche, después me arrepentiría de hacerlo.
         Estaba recostado sobre mi moto, miré mi reloj de pulsera, eran casi las once de la noche y no había ningún espectro salido del infierno, una hermosa luna llena me miraba desde el cielo, prendí uno de mis cigarrillos, cuando lo terminara, dormiría...
         La moto estaba aparcada en lo que supuse era la plaza principal, yo estaba recostado sobre ella, cuando tiré la colilla de mi cigarro me recosté para dormitar hasta que el sol saliera, los faroles brillaban bien a pesar de los años que llevarían sin ser encendidos, hasta que escuché aquellos sonidos infernales...
         No, no escuché gritos infernales, como lo decía la leyenda, eran otra clase de sonidos, como pasos, pasos tímidos de ser oídos, pero pasos a fin de cuentas...
         Miré en torno a mi, me quité las gafas que llevaba puestas, y me quedé absorto mirando, los pasos giraban en torno a mi, bajo la luz de la luna pude ver siluetas, siluetas fantasmales de mujeres de años olvidados, las cuales llevaban al hombro pesados cantaros de barro para llevar agua, una imagen como esta por lo general no infunde miedo, pero me lo infundió, puesto que cuando una de aquellas criaturas pasó cerca de la luz de uno de los faroles que encendí, pudo hacerme notar un vestido largo, negro y carcomido por los años, una mano esquelética (en todo el sentido de la palabra) jaló aquel pedazo de tela que se había ido hacia la luz, los ojos de aquellos seres, ¡¡Dios!! Eran al parecer cuencas vacías únicamente llenas de un extraño fulgor rojo...
         Mirando más despacio y aterrorizadamente, noté varias siluetas de hombres jalando caballos cadavéricos, por la poca luz sólo pude notar que algunos de aquellos arrieros de ultratumba eran esqueletos, otros al parecer cadáveres en pleno proceso de putrefacción, fue entonces quizás cuando lancé el primer alarido de terror de toda mi vida...
         Quise subirme a mi moto, quise arrancar a toda carrera y escapar... a toda prisa... a donde fuera... a cualquier parte lejos de aquella pesadilla... pero no podía... mis manos y pies estaban acalambrados por el terror más puro...
         Fue cuando sentí una mano tocándome el hombro.
         Lancé un chillido y con todas mis fuerzas lancé un codazo contra quien me había tocado, un gemido ahogado me convenció de que fuera quien fuera había sentido mi golpe...
         Me giré y no era uno de aquellos seres de pasarela de horror.
         Era un hombre, pequeño, rechoncho, por su facha un arriero común.
         Con voz ahogada por el miedo y el dolor el sujeto comenzó a balbucir...
        –Vine porque hay luz aquí... ellos no les gusta la luz... pero por su madrecita santa, joven, ¡¡Dígame que usté no es una mala figuración!! ¡¡¡Dígame que usté es de este mundo y no del otro!!!
         De inmediato recordé el nombre que los arrieros dijeran a mediodía, antes de que yo los interrumpiera.
         –¿Es usted Melitón?
         –Sí, señor... así mesmo me llamo... por favor... dígame usté que no es un espanto...
         –No, no lo soy... por desgracia no...
         –¡¡Bendito sea el señor de Tula!! ¡¡Vamonos de aquí, señor!!
         –Sí... pero... ¿Por donde?
         –Pa’ onde sea...
         –Está bien, Melitón, súbete... nos vamos de este infierno.
         Me gustó sentir otra alma viviente cerca de mí, como dicen por ahí, el miedo se reparte cuando hay más de uno. Tuve el valor de encender el motor de mi moto, el aterrado arriero se trepó como pudo y echamos a correr como alma que lleva el diablo.
         Cuando atropellé a una de aquellas figuras femeninas noté que soltaba el cántaro de barro que llevaba y que de él salía una bandada de murciélagos que comenzaron a volar tras la moto.
         –Agárrate fuerte... voy a meterle tercera...
         Y no escuché lo que dijo, sólo meneó la cabeza en forma afirmativa, el acelerador rugió como tigre a punto de atacar y el motor nos lanzó a 105 km/h.
         Fue cuando escuché el grito de Melitón, lo sentí soltarse de mis espaldas y supuse que se había caído de la moto... su grito fue largo, pero no chocó contra el piso como yo esperaba, sino que se remontó hacia arriba, como si lo hubiera jalado una mano poderosa hacia el cielo estrellado de aquella noche de pesadilla.
         No quise voltear... sólo quise meterle más velocidad a la moto.
         –Vamos, perrísima, no me dejes... dale más, nena, dale mas... –Decía entre dientes.
         Y como si me entendiera la velocidad subía, pero una sensación terrible se acercaba a mí, sentía que algo corría a mis espaldas, y a pesar de que iba a una considerable velocidad lo sentía pegado al escape de la moto...
         Sentí un terrible empujón en mi espalda, la moto se levantó haciendo un caballo de acero sin yo quererlo, intenté meter el freno, pero la excesiva velocidad me lo impidió de golpe... poco a poco la llanta delantera comenzó a caer, y yo caí con ella.
         Motocicleta y jinete fuimos a dar al piso enzacatado, unos raspones por aquí y uno que otro golpe por allá sorprendentemente, pero nada más... la experiencia de muchas caídas me había hecho sobrevivir en esa ocasión, pero preferí haber muerto luego de ver que mi perseguidor era un ente infernal que se acercaba a pasos tranquilos, un par de alas como de murciélago se plegaron y se pegaron a su cuerpo, unos ojos rojos y cabello enmarañado señalaban al ser de pesadilla que me había tirado de la moto.
         –Al fin... hijo de puerca... al fin te vuelvo a encontrar... setenta años... setenta años estuve esperando que volvieras... y por fin volvistes... nomás pa’ conocer tu destino... –Dijo la voz sepulcral de aquel ser.
         –Y-yo no sé de qué me está hablando... y-yo no lo conozco... soy de fuera... d-del DF...
         –No... Tu eres el rastrero de mi compadre Remigio... volviste... con otro cuerpo, con otra cara, pero la misma alma perdida que tenias en tu otra vida...
         –N-no... Me llamo Leonardo... Leonardo Jiménez...
         –Tal vez ahora así te nombres... pero tu alma tiene otro nombre tatuado... el de Remigio García y Torrado... y orita mismito te voy a llevar a tu morada eterna... EL INFIERNO...
         El ente me tomó por el cuello de la chaqueta y de un tirón la rasgó junto con mi camiseta mostrando mi pecho desnudo a la luz de la luna, cuando un resplandor brotó de mi pecho, el ser retrocedió cubriéndose los ojos.
         –Maldito perro... ni en tu otra vida dejaste de usar ese méndigo talismán... –Dijo Horrorizado.
         Llevé las manos a mi pecho y toqué la cruz que llevaba al pecho, la cruz roquera que mi novia me había regalado cuando cumplimos 6 meses de novios, la llevaba puesta porque según ella era la cruz que representaba la vida roquera, libre y despreocupada.
         Ahora conocía bien aquella cruz, era la Santa Cruz de Caravaca... supe entonces que no había sido la casualidad la que me había llevado hasta ese lugar, así como no había sido la casualidad la que me había hecho portar aquella cruz que yo suponía símbolo de rebeldía, ahora lo sabia todo...
         Sin dar tiempo de que se recuperara, corrí hacia donde estaba la motocicleta y haciendo sobrehumano esfuerzo logré hacerla arrancar, dejando una polvareda en aquel lugar infernal me lancé casi volando lejos de aquella pesadilla.
         A mis espaldas oía los gritos de aquel ser que se había quedado con las ganas de llevarme...



IV



         A eso de las cuatro de la mañana llegué a San Jacinto, un policía de guardia me encontró tendido sobre la moto intentando hacerla arrancar, el mismo notó que el tanque estaba vacío... y que yo a pesar de todo continuaba balbuceando con lágrimas en los ojos y el rostro desencajado por el terror.
         –Vamos, nena, no me dejes, arranca, ¿No ves que viene atrás de nosotros? ¿No ves que me quiere llevar?
         Me llevaron a la delegación, luego fui revisado por un médico que me diagnosticó principios de hipotermia y alteración nerviosa, la gente de ese pueblo fue muy buena conmigo, les relaté lo que había vivido y me compadecieron, me dejaron una habitación en la mejor pensión que tenía y todos los días tenia caldo de pollo en la comida y chocolate caliente en la merienda, lo admito, nunca conocí mejor gente que en ese pueblecito pintoresco...
         Regreso cada año a vacacionar a dicho pueblo, los que me conocen me quieren y me respetan al igual que yo a ellos... aun tengo a mi bebé, la arreglé pues estaba muy maltratada después de esa pesadilla, y la cruz de Caravaca... bueno... creo que aun puedes mirarla en mi pecho... por si las moscas también me la tatué en la espalda, aunque tiemblo de sólo recordar aquel pueblo encajado en la sierra muerta llamado Tecolotlán... el pueblo del Infierno...
         Asocio entre paréntesis mi experiencia vivida con una rola de mi grupo favorito, la rola The Throoper... en la cual hay una parte que dice: “El olor a humo ácido y aliento del caballo. Me acerco a una muerte segura” creo que debí ponerle atención... y creo que nunca debí haberme ido a parar a semejante lugar de pesadilla... Tecolotlán aun existe y sigue abandonado...
         Cuando en la empresa constructora en la que trabajo como ingeniero civil me dijeron que me diera una vuelta por allá (puesto que queda cerca de donde voy a vacacionar) creo que no pude evitar la sensación de mandarlos al diablo, pero riendo nerviosamente tuve que admitir que no podía porque era un lugar inapto para ser habitado por nadie (que no sean los espectros, claro está).



Fin


La Luz que Brotó de las Colinas - Cuento

La Luz que brotó de las Colinas

De Franco Misaél Sánchez Díaz


Sí, yo estuve con Lucero Maldeaurore la noche en que desapareció. Mucho se ha escrito en los diarios y más aún en las gacetillas de cotilleos extraescolares de Dunkelheim. Y es que, Lucero era una de las modelos más solicitadas y envidiadas dela Cittè, tanto por escultores, como por pintores, fotógrafos, incluso un conocido diseñador lanzó una serie con el títulus "Lux in Tenebris" de obvia inspiración de ella.
Lucero era en verdad un mágico misterio, poseía la gracia de una Afrodita, la prudencia de una Diana y la inteligencia y sagacidad de una Minerva.
Era el sueño de cualquier artista, en realidad, su ser emanaba una tenebrosa luz siniestra que asolaba a quien la miraba.
Su belleza había producido más de un suicidio ardiente en aras de su beldad inalcanzable.
Algunos incluso afirman que, asuntos tan bizarros y sangrientos como el de la Rue Lavoisìn fueron en parte, producto de las salvajes pasiones que despertaba entre algunos artistas e incluso estudiosos de filosofía, letras, música.
No es grato recordar que, con motivo de una exposición de pinturas realizadas por los pintores más aguzados de la Universidad Dunkelheim que habitaban en los Cloysters adyacentes se realizaría tal escena, grotesca, patética h repulsiva.
El barrio francés fue elegido para la exposición de arte, lo mejor había sido cribado y lo que quedaba era sólo lo más sublime y visceral.
La noche en cuestión, Lucero, obviamente invitada a dicho evento se rehusó a asistir extrañando a todo mundo y causando una desolación absoluta en la artista cuya obra era el centro de aquella exhibición.
Kathleen Miravál, una delicada y nerviosa chica cuya excentricidad muchas veces superaba la tolerancia del buen gusto ajeno. Lucero había posado para aquella obra, ante Kathleen, la figura de Lucero se mostró noche tras noche en una buhardilla en el East End para servirle a una obra que se había mantenido en secreto, pero para nadie era ajeno el dato de que la artista había viajado a Arkham en varias ocasiones, todos sabían que había visitado las bibliotecas ocultistas de Europa hacia algunos meses, a raíz de lo cual, la razón de Kathleen había ido cayendo en un progresivo declive a la vez que su cuerpo se iba consumiendo como una vela en medio del infierno.
Todo mundo en la Rue Lavoisìn había visto la doliente silueta flaca y ominosa de Kat, yo llegué a conocerla ya que solía ser uno de los asesores que le asignaron al estudiar griego. Tenía un genio particular, a veces me daba la impresión tétrica de que su inteligencia fuera tan aguda y rápida. No sólo eso, tenía un don perceptivo extraño, mediante observaciones cuyo hilo de Ariadna solo ella podía seguir, Kathleen lograba casi adivinar los eventos con un dote casi profético. Pese a eso, su extravagancia, su aspecto descuidado de rojos cabellos pajizos y en punta, su andar algo encorvada, las ojeras que sempiternamente adornaban cual marcos sus enrojecidos ojos verdes, su voz baja y lenta, la hacían un paria incluso entre las subculturas tan variadas que rondaban la Cittè.
 Además estaba el detalle de sus otras extravagancias, aunque de ellas me ocuparé después.
Aquella terrible noche los ánimos estaban caldeados, muchos artistas, feroces contra la enferma silueta de Kathleen despotricaban en contra del comité de arte de Dunkelheim, muchos de aquellos feroces sabuesos incluso cuestionaban la sanidad mental de dicho comité.
Pero, sin duda, lo que más los espoleaba aquella noche era el hecho de que Kathleen hubiese conseguido para sí a la bella Lucero como modelo para su obra infame.
Y para muchos era claro que algo había ocurrido en aquellos meses durante los cuales Kathleen pintó lo que le dio por llamar su "Opus Magnus".
La odiaban, por ganar el primer sitial en aquella exhibición, por tener para sí, la figura esbelta y morena de Lucero, que en aras del arte le cedía sus sonrosados labios de cereza, sus negros cabellos lacios, sus ojos color miel... La odiaban porque sospechaban que algo habría ocurrido en la sórdida y anónima buhardilla que habría usado Kathleen como estudio.
Algo había ocurrido y agriado el carácter de la diva que ahora se negaba a dar citas, a asistir a eventos, ni siquiera a salir a la calle. Algo.
Y el secreto en que mantenían aquel lienzo odiado ya de antemano sólo les crispaba más los nervios ya inflamados a aquellos Caravaggios fratricidas.
Como la hora de la develación de la pintura se acercaba, los comentarios iban siendo más osados y airados. No había que esperar un fin agradable a aquel infernal rebullir de ánimos en el que se mezclaban el odio, el despecho, el desprecio y la incertidumbre.
Por fin la hora llegó, Kathleen estaba al borde de una locura horrida, toda la noche había estado musitando insensateces, hablando sola y llamando bajamente a Lucero con tono apasionado y demente. Cuando la hora llegó, Kathleen soltó un discurso bizarro e ininteligible donde aseguraba haber encontrado el modo de trascender hasta los portales ominosos del abismo más terrible... Que dicho viaje no podía realizarse sin pagar el precio asignado primero.
Creo que fue Anton LeClerk, un poeta que había escrito un librillo de sonetos para la bella Lucero quien puso fin a aquello. De impetuosa sangre gascona y con el orgullo herido más allá de lo tolerable, el porta tomó a Kathleen de la holgada camisa sacudiéndola mientras la acusaba de escandalosas libertades con la modelo.
De pronto, en medio de aquella escena tan patética y desagradable cayó el manto.
El lienzo de cuatro por dos y medio quedó expuesto ante todos aquellos ojos expectantes que se llenaron las pupilas con aquellos trazos y líneas de pesadilla hasta el hartazgo.
Tras superar la impresión primera, algunos rechinaron los dientes, algunos de ira, otros más de escalofrío, otros soltaron juramentos de lo más variados, voces de ira se alzaron en medio de exclamaciones de asombro, de maravilla y de asco.
Anton lanzó un chillido feroz y enloquecido que acalló el rumor creciente, los ojos saliéndosele de las cuencas y las mandíbulas crispadas con un hilillo de saliva corriéndole por la barbilla miraba aquel cuadro.
Si, yo también contemplé aquella muestra de grotesquería. Invariablemente era una genialidad, un retrato tan real que daba miedo, pero sus tonos irreales, edificios de extraño diseño de fondo en ciclópeas montañas y cimas de extraño color metálico... Y el motivo central claro que era Lucero Maldeaurore.
Era ella, pero no lo era a la vez. Su bella faz, purulenta, desfigurada, sus ojos... Horridos cuencos hirvientes donde dos acuosas esferas enrojecidas miraban desde el fondo de la insania. Los labios, pútridos e hinchados supuraban un licor mefítico y ominoso, alas negras de viscosa textura enmarcaban aquél ser tan terrible.
No puedo entrar en más detalles, aquel pedazo de tela nunca debió existir en primer término. Los lúgubres detalles están recogidos en el Análisis anual de arte de Dunkelheim.
Aquel lienzo maldito era el que le había robado la felicidad a Lucero, una deidad total fundida con un espanto tan inhumano y tan palpable.
Y antes de que muchos nos diéramos cuenta, una media docena de enloquecidos asistentes se lanzaron contra la artista aún presa del poeta para, sin duda, mostrarle su aprecio por la obra con sus afiladas navajas traídas para tal menester.
Cuatro manchones de un rojo escarlata intenso brillaron como arabescos orientales en la seda de la camisa de Kathleen. La artista no era más que un simple guiñapo en las fauces de fieros perros de caza en los que muchos asistentes se habían transformado.
Pronto, algunos más intervinieron a favor de la pintora intentando auxiliarla, el infierno abrió sus puertas cuando, en medio del frenesí del combate, una de las lámparas de gas cayó incendiando algunos de los lienzos iniciando así un horror de flamas incontenibles que se extendieron en segundos.
El incendio arrasó varias salas matando a una veintena de asistentes que quedaron encerrados en la sala más afectada de todas. Los cuerpos carbonizados fueron todos identificados, pero el cuerpo de Kathleen no fue encontrado en ningún lado de aquél salón humeante del que apenas pude escapar vivo, cierto que fue una tragedia tan sonada que hizo que se reevaluaran los códigos civiles y de la misma Universidad.
De los ciento ochenta sobrevivientes al siniestro, diez fueron enjuiciados y de ellos, sólo tres fueron condenados.
Podría imaginarse esto como el fin de un negro capitulo en la vida tórrida y asquerosa en los arrabales de la Cittè para una paria como lo había sido la infortunada Kathleen Miravál y su extraña obsesión con la soñada Lucero Maldeaurore.
Pero no, el horror aconteció varios meses después. La tormenta inicial había devastado la moral de la comunidad artística de la Cittè sumiendo a sus miembros en una inactividad extraña, era como si, tras aquella noche de sangre y fuego, la animosidad de aquellas personas se fuera desgastando, como si algún bizarro vampiro psíquico se hubiese materializado, invisible e ineludible, para minar sus energías.
Pese a esto, aquellos meses tenebrosos los Cloysters rebullentes de surrealismo se inundaron de la gris bruma citadina, incluso los cielos se mostraban nublados, tomentosos y melancólicos. Poco se cosechó en materia de arte aquel semestre.
Retomé tratos con Lucero, extrañamente, la hermosa modelo iba mejorando en animosidad y semblante, aunque siempre atenta, con el oído tan fino y aguzado que incluso podría asegurar, escuchaba hasta las voces de otros mundos.
Lucero se había repuesto tras la muerte de Kathleen, nadie le echó nada en cara conociendo la horrible y realista caricatura bizarra de la que muchos hablaron.
Hasta un par de semanas antes de que Lucero desapareciera, su buen humor auguraba una pronta vuelta a la vida a la comunidad artística. Por mi parte, flirteaba con una elegante compañera de piso de la bella Lucero mientras ésta era coqueteada por nuevos pretendientes nuevos y capaces de matar por verla sonreír.
Y fue a mí a quien le confesó que, en noches anteriores a su desaparición, había visto pasearse por su habitación una negra silueta, humeante y terrible bajo la luz de las farolas de la calle.
Me contó el misterio tras su extraño contacto tan brutal con Kathleen.
Resultaba que Kathleen había sido la segunda de dos hermanos, su hermano mayor, Steffan Miravál había sido un pobre dibujante que nunca llegó a entrar a la universidad, aunque sí vivía en la Cittè soñando entrar en ella. Por aquél entonces, la creciente fama de Lucero había llegado hasta oídos de Steffan quien, invariablemente, quedó prendido del recuerdo de la hermosa musa.
Pero, como uno de los requisitos para poder aspirar a la compañía de la bella ninfa era talento y dinero, el pobre chico nunca vio su sueño de inmortalizar de pluma y trazo la silueta de su amada, terminó colgándose en su sórdido cuartucho de arrabal.
Comencé entonces una pesquisa personal siguiendo el rastro a mi antigua conocida comenzando por el abuhardillado estudio donde aquél cuadro viniese a existir más allá de la mente torturada de Kath.
Conseguí mediante unas cuantas monedas ser introducido en aquél lugar tétrico y frío.
Sorprendido me enteré de que aquel antro lúgubre había sido el escenario donde Steffan habíase quitado la vida. Aquél lugar terrible había sido alquilado por Kathleen precisamente por aquél detalle, sólo los dioses saben qué energías más nocivas pudo absorber la torturada artista, sólo los sonrientes demonios interdimensonales saben de sus indagaciones, de sus experimentos, de sus diseños rayanos entre la brujería más obscura y la ciencia más futurista y osada.
Temblé al imaginar las teorías revolucionarias que aquella extraña y solitaria visionaria habría descubierto sumida en el dolor de la pérdida de un amado hermano, su único aliado en un mundo que nunca la comprendería. En verdad que aquello comenzaba a enfermarme.
En aquél recinto lleno de telarañas y polvo encontré libros, notas, bosquejos, diagramas, hojas manuscritas en alfabetos olvidados, todos los elementos de una búsqueda sombría.
Requisé aquellos papeles para su estudio y archivamiento en la biblioteca de la sorecerié a la que pertenezco, dichos documentos están actualmente bajo escrutinio de los eruditos. Y también encontré una nota, una simple nota con una fecha y un lugar.
Barrow Road, 30 abr.
La Barrow Road era un camino que atravesaba la colina de Barrow Hill que estaba en las afueras de la Cittè, un camino pedregoso y casi abandonado lleno de accidentadas veredas y estrechas sendas.
La fecha era un misterio, aquel día que entré en el estudio abuhardillado era veintiocho de abril, la nota sugería una diferencia de dos días y el papel no parecía haber sido escrito un par de días atrás.
Le pregunté a la dueña de si alguien había sido admitido en el lugar. No, nadie a excepción mía, además, en todo caso, nadie salvo Lucero sabía de aquél sitio y menos aún que yo iría.
Decidí visitarla al día siguiente para revisar su caligrafía y compararla con la de la nota, no quería ponerla nerviosa con sólo mis locas hipótesis.
Mientras tanto, el clima en la Cittè se iba sumiendo en un sombrío marasmo de obscura expectación.
Ojalá jamás hubiese ido a visitar a Lucero con aquél papel infame en mis bolsillos, quizás ella no hubiese desaparecido de éste mundo, porque, de eso estoy bien seguro, Lucero ya no es parte de éste mundo, aunque muchos aseguran haberla visto en Francia en tal pasarela, o de haber hablado con ella en Forlì, Italia, o del brazo de un galante efebo en Colonia, yo sé que aquello es tan imposible, como sé que muchos juzgarían imposible el final demente de ésta serie de desgracias.
Asistí a visitarla temprano para salir de dudas con respecto al texto.
No, no era su letra, ni de lejos era su estilo, la mano de Lucero era elegante pero firme, soberbia y altanera. La del papel era apenas lo bastante legible por la suavidad en su trazo.
Tampoco era la letra de Kathleen, yo conocía su letra, era su asesor en griego a fin de cuentas.
Salí hacia las cinco de la tarde de los aposentos de Lucero y, en el camino a casa en un taxi barato llegué a la conclusión de ir al sitio indicado en la nota, Barrow Road, en el lejano sur casi en las afueras, un terreno duro para la vida, un paso más para alpinistas lleno de sendas tortuosas, aunque no por ello inaccesible y que desembocaba en la senda hacia Forgesville el condado vecino a Dunkelhill.
Decidí ir a casa a cambiarme de ropa para el viaje, a las ocho salí hacia el camino, era la noche del veintinueve de abril. La brisa fresca traía olor a lluvia pese a que las estrellas brillaban con intensidad en el cielo resplandeciente.
Caminé por la senda y, al internarme en el camino real, sentí que era seguido, me giré descubriendo, bajo las estrellas de abril y en medio del camino, la silueta de Lucero Maldeaurore.
La modelo había ido a aquél lugar impelida por un aviso tan raro como inevitable, había Sido llamada en sueños por una voz, una voz suave y persuasiva. Y aquella tarde había encontrado un papel, un papel con la inconfundible caligrafía conocida de Steffan Miravál. Pálido me le quedé mirando, antes de que pudiera decirle nada, algo prodigioso y terrible aconteció ante Lucero y yo.
De entre los pedregosos riscos brotó una inexplicable fosforescencia violeta que iluminó nuestras faces en destellos sangrientos, tiñéndonos la cara de una enfermedad extraña y deformante.
Lucero gritó, su grito, lo sé, reverberó en los siete vértices del continuum conocido cuando, ante nosotros apareció una monstruosa bestia carbonizada de ojos resplandecientes que sonreía con una sonrisa de esqueleto ennegrecida por las llamas del fuego de la Rue Lavoisìn, aquella momia carbonizada era el cadáver viviente de Kathleen que se reía de nosotros.
Y Lucero gritó hasta quedarse afónica, yo me paralicé, todos los estudios realizados no me habían inmunizado contra aquél espectáculo terrorífico y ultraterreno.
El negro esqueleto caminó hasta nosotros, olisqueando el aire con parsimonia animal, saboreando el olor a miedo de Lucero y mío, y fue tras ella quien fue aquella sombra. Hechizada y afónica, la diva, bloqueada por el horror fue tomada por la espalda por el engendro aquél que la aferró con furia y dominio, sonriendo y castañeando los dientes, mirándome con aquellos ojos brillantes y sangrientos, comprendí que algo murmuraba aunque no podía oírlo.
Nunca olvidaré la expresión de Lucero y la mirada de su rostro cuando las zarpas del ser se le hundieron en el pecho resplandeciendo con destellos ígneos, la modelo alzó el rostro en un grito mudo aferrando aquellas garras tratando inútilmente de luchar contra su atacante tardíamente.
El brillo ígneo aumentaba, un brillo abrasivo, ardiente, de fuego.
Y, ante mis ojos, Kathleen y Lucero se encendieron en una hoguera gigantesca de enormes flamas que danzaban enloquecidas al compás de su vals de pesadilla.
Una explosión de brillo me deslumbró a la vez que una onda expansiva me lanzaba contra las rocas del camino, los oídos me zumbaron por el golpe de sonido, me perdí en la negrura de la inconciencia, o eso supuse, abrí los ojos y observé un haz luminoso que ascendía tortuosamente en ángulos horribles hacia un punto del cielo, un brillo lejano parpadeó en ese pinto entre la Hidra y el Navío Argos y supe que Lucero, haciendo honor a su nombre, había ascendido a los cielos a ocupar su lugar entre las estrellas del firmamento. Perdí el conocimiento mirando aquella estrella refulgir y después apagarse para siempre.
Recuperé la conciencia un par de días después en el hospital Liebermann de Dunkelhill. Me habían encontrado desmayado al pie de un risco en el Barrow Road con muchas contusiones producto de una caída. Afirmé haber ido a contemplar algún evento astrológico y haber sufrido un infortunado accidente, me creyeron dado que dicha noche, desde e observatorio pudieron observar un fenómeno peculiar asociado con cierto punto de mapa celeste.
Meses de lento reponerme tanto física como nerviosamente me permiten hablar con parquedad de éstos hechos escalofriantes e increíbles. La sociedad bohemia no tardó en reemplazar a la diva por otra y en la actualidad, el nombre de Lucero Madeurore es recordado como el de una de las más cultas y bellas damas graduadas de la universidad Dunkelheim, sin saber la verdad.
Por su compañera supe que en días anteriores había descubierto a Lucero hablando con el aire murmurando el nombre del suicida y de la pintora asesinada. Aseguró haber hallado negras manchas de hollín y ceniza en muebles y piso de su estancia y también que Lucero mostraba una actitud expectante, lo que me hizo temblar los nervios fue el detalle del que me habló al final, al parecer, la diva habíase decidido a realizar un viaje prolongado, un viaje al estrellato en sus propias palabras, ignoraba cómo, pero Lucero aseguraba que una voluntad o conciencia sombría le susurraba en sueños que su destino era ocupar un sitio en el firmamento, en lo más alto e inalcanzable de la eternidad...


Fin