Miranda
Franco Misaél Sánches Díaz
No puedo evitar estremecerme
de espanto cuando escucho el llanto de un bebé, un peculiar sonido que nunca
dejará de horrorizarme hasta la médula.
Recién había llegado de Salem
a la Cittè universitaria de Dunkelhill donde estudiaría, entre otras cosas, la
licenciatura de psicología.
Como ha de saberse, nunca es
fácil encontrar alojamiento en los dormitorios del campus, así que, al igual
que miles de estudiantes anualmente, tuve que buscar alojamiento en los
lúgubres Cloysters Ends atestados de pensiones, hosterías, panteoncetes y
jardines marchitos y que emanaban un tufo a superstición a la vez repulsivo y
adictivo.
Y fue en el Saint Jeromeh's
Cloyster donde fuí a dar con mis huesos.
Me estremesco al recordar
aquél antro tétrico y opresivo, flanqueado por casitas de cartón y madera de
cajas de verdura ir creciendo en infame mutación hasta llegar a edificios,
pensiones y cuartos desvencijados y atacados por el musgo y la hiedra, sobra
decir que, al pie de la montaña Dunkelstone, el Saint Jeromeh's Cloyster casi
nunca recibía la luz del sol haciendo de éste, el más sombrío de todos los
Cloysters, que no el más maldito y embrujado.
Y en la pensión de Lunablanca,
un edificio de estilo isabelino deslucido aunque de cierta elegancia y de
aspecto más cuidado que los demás, fue donde por fin encontré algo que se
ajustaba a mis posibilidades y que cubría bien mis necesidades. Por unas pocas
libras alquilé una de las recámaras pequeñas aunque agradables y cálidas,
contaba con luz eléctrica y agua corriente y, lo mejor de todo, un baño propio.
Así pues, con aquél hospedaje al cuál llegar y con mi libreta de notas en mano,
me dispuse a iniciar mi vida universitaria.
La universidad de Dunkelheim
fue mi última opción para cursar psicología, la primera era, dada la cercanía
relativa con Arkham, la Miskatonic University.
Decepcionado por mi rechazo,
tomé el tranvía que atravesaba los Cloysters y que me dejaría casi a las
puertas de mi alma mater.
Aún suspiraba por la tan
soñada pasantía como psiquiatra en el Arkham Asylum cuando, el chirrido de la
vía me despertó de mis ensoñaciones sumergiéndome en mi realidad inmediata,
estaba en Dunkelheim y tenía que sobrellevarlo con valor.
Poco a poco fui acoplándome al
ritmo de la universidad a la vez que me iba familiarizando con ciertos sectores
de la ciudad universitaria Dunkelhill o "La Cittè" como la llama la
mayoría del alumnado de Dunkelheim.
Fue una tarde de copas en el
barrio italiano cuando conocí a mi demonio particular, aquél súcubo alucinante
al que le debo la insania y el horror a las morgues y la desolación que nace en
mi alma cuando se habla de la muerte.
Caminaba solo por el barrio
italiano, las escaleras, jardincillos y canales conjugados por artificiales
fuentes e ingeniosos acueductos daban una verdadera sensación de estar en el
porto di Venecia.
Y entre la soleada tarde de
aquél día descubrí una beldad de finos rasgos de origen impreciso pintando las
góndolas en los canales iluminadas con destellos en sangre y oro con grácil
maestría y dominio que, lo admito, me hechizó desde el principio.
Al principio me fascinó su
dominio tan libre del pincel, y antes de darme cuenta, los ojos profundos de
aguas amatistas de aquella beldad se posaron en mí.
Miranda Larsen, deidad en
parte noruega, en parte húngara, ésta particular mezcla había cristalizado en
ella un sueño de labios rojos en un fondo albo propias de las leyendas acerca
de vampiros seductores y atractivamente enigmáticos.
Verla era como ver magia
arcana, fascinante y tétrica, bella y diabólica.
Pero también había algo
amenazador, horrido e innominable.
Jamás atinaré a saber qué era,
pero, pese a su indudable belleza, había algo monstruosamente anormal en ella
que, no lo niego, me provocó vivos deseos de huir.
Y a la luz sangrante del
agónico sol de la tarde, aquella hermosa blasfemia me sonrió... Al menos,
quiero creer que aquella mueca aterradoramente estudiada, fría y escalofriante
era una sonrisa.
Se presentó con educación y
maneras tan poco propias de las chicas de la Cittè como de la región entera,
que supe que venía de puertos muy lejanos. Más que eso, Miranda (así la llamaré
a partir de ahora si se me permite ya que no deseo ni puedo darle un nombre a
ese ser) parecía provenir no sólo de tierras lejanas, sino de un siglo lejano.
Temblando me presenté, y, tras
mi repulsión inicial, noté que mi aprehensión iba trocándose en algo diferente.
Hablamos amparados en un café
acerca de lo que la traía a la Citté.
Miranda había venido a la
Cittè para cursar la carrera de paleontología y también lenguas muertas, venía,
según dijo, de Oslo, Noruega y no tenía más familia que un tío que le había
facilitado entrar en Dunkelheim.
Vivía en el extremo éste de
Dunkellhill, en el Saint Lilian's Cloyster, otro lugar histórico por haber sido
víctima de la peste negra y haber permanecido bloqueado y semienterrado bajo la
sede de dirección y gubernatura del condado de Dunkelhill, y que hace veinte años
había sido desbloqueado y semi habilitado para recibir el siempre creciente
flujo de alumnado.
Yo a mi vez le expuse mi
historia y, ahí se enteró de que yo alquilaba una habitación entre la Silent
Street y el monte Dunkelstone, animadamente me contó que ella había intentado
conseguir alquiler en aquél barrio infructuosamente. El extraño magnetismo que
Miranda ejercía en mí anuló desde el principio mi voluntad. Me sumergía
entonces en una embriagante y aterradora ensoñación que me volvía la bestia más
dócil y servil los deseos de aquel ser disfrazado de ángel.
Le abrí entonces las puertas
de mi hogar consiguiéndole la habitación justo sobre la mía como alojamiento.
Comenzó entonces algo tan
extraño como diabólico entre esa obscura deidad pagana de cabellos intensamente
negros y yo.
Una simbiosis tenebrosa que me
costaría la razón, el alma y la paz mental.
Cuando Miranda se mudó a vivir
al Lunablanca no llegó sola, la acompañaban dos chicas de formas delicadas y
melancólicos rostros virginales, de mirada perdida y pieles pálidas y tersas.
Miranda, pese a siempre ser
amable y cordial en su trato, mantuvo durante los primeros meses una prudente
discreción acerca de su relación o parentela con éstas dos tristes ninfas. Al
principio, sus visitas, aunque frecuentes, casi siempre giraban en torno a
temas metafísicos, hablábamos de mitos antiquísimos y de los diagramas
entrevistos por los sabios orientales en sus ensoñaciones opiáceas.
Fue una noche de luna de abril
cuando mi alma me abandonó dejándome en un páramo desolado habitado por
bestias, demonios y fantasmas que danzaban alrededor de ciegos e idiotas seres.
Fue la noche cuando por fin perdí para siempre la virtud de sonreír.
En días previos a la fecha
fatídica, Miranda (me estremezco al recordar su nombre) me había estado
llenando la mente con fórmulas, mitos, nombres y deidades remotos y olvidados.
Sin darme cuenta, aquella sacerdotisa de lo innombrable me había iniciado en
siniestros cultos demenciales de Mater Neydn, una deidad tenebrosa, criptica y
semidesconocida cuyo culto era escalofriantemente antiguo y que se había
adaptado a varias mitologías para lograr subsistir oculto y secreto.
Me habló de que ella sabía que
uno de los sitios de adoración del culto era la cima Dunkelstone.
Acepté cuando me preguntó si
quería acompañarla. En los días siguientes, nos sumergimos en debates y
discusiones acerca de los probables significados herméticos en letras y poemas
muy puntuales de cierto poeta maldito y lo que insinuó veladamente me erizaba
los cabellos aunque no me preparó para lo que vendría después.
Subimos las cimas accidentadas
de los riscos del Dunkelstone, aunque la destreza y facilidad de Miranda me
hicieron pensar en lagartos reptando, morbosas imágenes asociadas a los poemas
debatidos comenzaron a fluctuar. Supuse que me estaba afectando la altitud,
había una sensación en el aire, era algo casi eléctrico.
No me sorprendió que tal lugar
fuese elegido como ofertorio para ritos.
Quedé asombrado al ver que, en
las alturas había una serie de picachos erectos y abruptamente cortados entre
las nieblas nublares. Era un paisaje surreal y el vértigo hizo presa de mí.
Descansé un poco antes de escalar uno de aquellos accidentes rocosos más
propios de Arizona o Colorado que de Nueva Inglaterra.
Y al final llegué a la cima,
aún jadeante, contemplé que Miranda había dicho la verdad, piedras de evidente
antigüedad se levantaban ordenadamente en semicírculos concéntricos y en el
centro de aquél lugar, Miranda me aguardaba bañada por la luz de la luna con un
telón de estrellas a sus espaldas.
Caí estático y de rodillas
ante aquella escena sublime, el cuerpo de Miranda estaba libre de toda prenda
humana dejando a mis profanos ojos el espectáculo de su belleza inhumana.
Y esa sonrisa escalofriante
estampada en su cara, nadie que hubiese contemplado aquella sonrisa hubiera
podido olvidarla jamás. Era terrible y desoladora.
Mi corazón se ha debilitado
tanto a causa de su recuerdo pero debo de exorcizar su maldito recuerdo de mí
aunque en ello se me vaya la vida.
Abrumado por la mezcla de
temor y veneración que esa beldad infernal despertaba en mí intenté retroceder.
Tropecé cayendo sentado y
entonces, ante mis ojos, ocurrió algo que no debería ocurrir ante los ojos de
ningún humano.
Aullé enloquecido presa de un
pánico devorador que aún hoy me lacera el corazón a tantos años de distancia.
Recuerdo, aunque veladamente,
que fui testigo de cómo una forma antes humana fluctuaba pulsando de un sexo a
otro, oscilando vaporosamente y en medio de estertores escalofriantes. Mis
aullidos lastimeros se trastocaron en una zarabanda enloquecida de berridos
histéricos que una ternera en el rastro habría envidiado cuando, ¡cruel ironía!
La forma antes mujer y después hombre comenzaba a involucionar en algún tipo de
bestia por completo desconocida y después, ascender hasta no ser ni hombre ni
mujer ni bestia, sino uno y trino.
La voz cabruna y baja de
aquella locura encarnada me habló, aunque no recuerdo qué me susurró, yacía
tirado cual muñeco deshilado sonriendo estúpidamente, boqueando cual pez fuera
del agua encerrado en mil gritos mudos con las babas de la insania escurriendo
por mi barbilla.
Cuando recuperé la conciencia
estaba en mi habitación en Lunablanca y habían pasado dos días desde mi ascenso
al Dunkelstone y mi caída en la demencia. Descubrí además, que las dos
silenciosas vestales que acompañaban a Miranda habían cuidado de mí durante mi
inconciencia, por ellas supe que había sido Miranda quien me había regresado a
mi apartamento. Michelle y Gabrielle eran los nombres de aquellas chicas.
Abrumado por el recuerdo
ominoso sentí girar la habitación, pero Gabrielle murmuró algunas frases
extrañas que, por extraño que suene, me permitieron enfocar la realidad.
Miranda apareció entonces,
extrañamente logré mantener la calma asombrándome de aquella serenidad atípica.
En realidad, tras el shock inicial había descubierto con extraña aceptación que
aquellos mitos, pesadillas y alucinaciones descritos en antiguos y mohosos
grimorios eran reales.
Miranda me contó
entonces que era una buscadora de la flama perdida, era una adoratriz solitaria
acompañada únicamente por Gabrielle y Michelle, sus dos Mujeres Escarlata.
Comprendí entonces la
situación de las dos jovencitas, sagradas meretrices destinadas a servir a los
rituales tántricos cuyo origen estaba en los prehistóricos pantanales
tropicales del África profunda antes de la separación continental.
Comprendí que, aunque en un
modo diferente, también yo era un esclavo de aquel ser diabólico.
Acordé servirle de pantalla
ante la sociedad para sus desmanes y orgías sacrificiales fingiendo un romance
y a posteriori un enlace nupcial que acallaría cualquier murmuración, era el
adorno perfecto y el ideal chivo expiatorio de sus locuras. Porque no puedo dar
otro nombre a los horrores que cometía.
En fechas puntuales realizaba
desconocidas danzas y extraviados libertinajes con sus dos Mujeres Escarlatas y
en otras, participábamos los tres abriendo puertas por medio de sangre y dolor.
Nos arrojó en un culto
demencial y violento donde la automutilación era la moneda a pagarle a los
dioses tenebrosos y el dolor el precio de la salvación.
Y cuando algún infortunado
lograba acercarse a nuestros secretos sin su venia, Miranda lo atraía a nuestro
gabinete en el Saint Jeromeh's Cloyster y entonces ocurría el horror.
Con el tiempo y gracias al oro
antiguo que Miranda solía administrar con suma astucia, pudimos comprar el
Lunablanca y en la actualidad aún figura el nombre Miranda Larsen en las
escrituras. Y también pudimos habilitarlo mejor y añadirle un nuevo encanto,
muros a prueba de ruido.
En esto radicaba el éxito
aparente en eliminar a los curiosos, eran atraídos, algunos por nuestra
excentricidad, otros por el oro de mi siniestra esposa, otros más, atraídos por
el halo de terror que envolvía nuestro lúgubre cuarteto.
Si quitamos su naturaleza, a
veces brutal, a veces salvaje, a veces fría y algunas veces más abrasiva,
Miranda no era mala... No en el sentido teratológico de la palabra por lo
menos. A veces, mientras reflexiono, embebido en hierba y whiskey sumido en la tiniebla,
acuden a mi mente aquellos extraños días que pasamos juntos, tan juntos.
Mis ojos arden de llanto y
espanto ante el recuerdo de las veladas tardes que caminábamos tomados del
brazo, del talle o de plano abrazados por las calles sombrías de los Cloysters
tétricos.
Yo era sólo un pendiente más y
adornaba su solapa como un efímero y anónimo clavel haciendo un extraño juego
con los hermosos gemelos de puños que eran Michelle y Gabrielle, mis bellas y
tristes compañeras de esclavitud.
Y nos presumía como quien
exhibe un artículo vano, efímero pero bello. Por lo menos en el caso de las
chicas, en mi caso, lo que me ataba a ella era algo distinto, por mucho.
Solíamos acompañarla a
tenebrosas soirée clandestinas en tugurios y arrabales inmundos con la crème de
la sociedad ocultista de la universidad.
Miranda se codeaba con
artistas, intelectuales, poetas, metafísicos, psicólogos, gnosticistas,
egiptólogos, filólogos y demás individuos rayanos entre la genialidad y la
charlatanería.
Era entre estos pobres desdichados
entre quienes más estragos causaba.
Para explicar el misterio y el
horror siguiente procederé a levantar un poco el velo del rostro de la Gorgona,
no puedo más que mostrar la locura, éxtasis y horror que nos rodeaba
enfermándonos más y más, lenta, pero inexorablemente.
Las noches eran sueños
opiáceos de noches árabes, de exóticos perfumes, de arcanos inciensos y de
horrores ignotos.
Usualmente, Miranda solía
llevar correspondencia con una docena de eruditos en temas arcanos, extraños y
poco conocidos, esto para seleccionar al más iniciado de ellos para mostrarle
la oscura luz de Neydn...
Referiré que una noche cálida
y lluviosa, Miranda nos llevó a un bistró chino cajún en Tabber Street, en el
distrito céntrico de Dunkelhill donde se vería con un dibujante orientalista
que se había hecho rico traduciendo libros de herbolaria china y oriental para
una sociedad occidental creciente y recién enamorada del lejano oriente.
Hasta ahí todo bien, yo había
deducido que lo que éste pintoresco amigo buscaba era dinero más que sabiduría,
yo sabía lo que el oro de mi siniestra mujer producía, ya que yo mismo era
objeto de habladurías, esto porque había conseguido licenciarme y ahora iba por
mi tan soñado doctorado en psiquiatría, y esto financiado por mi diabólica
mujer y su oro que, lo mismo podía venir del país nebuloso, del
Schwarzenbenheim o de la misma mano del Hombre Negro del Sabbath.
Aquello ya me daba igual.
Como decía, pese a mi carácter
taciturno y mi obvia aura de oscuridad había conseguido ser uno de los primeros
de mi clase, esto, sumado a una rara habilidad de deducción indudablemente
producto de mi contacto con ésa entidad exterior y desconocida, me permitían
adelantarme a muchas cosas, el lenguaje corporal, pose, mirada y sudoración de
aquél charlatán me gritaban una necesidad urgente de oro.
Tras una cena breve donde se
habló sólo de nimiedades, Miranda le pidió al orientalista acompañarnos a
nuestro gabinete de Saint Jeromeh's Cloyster.
Comprendí que mi obscura
señora estaba furiosa, obviamente había esperado alguna cuota de charlatanería,
algún asomo de humana ambición. Pero, aquél ser extraño, terrible y majestuoso,
tan ajeno a nuestras leyes, deseos y aspiraciones miró aquél simple humano, tan
ambicioso, tan mortal y se llenó de asco, en una sola pincelada había decidido
darle a aquél farsante algo más valioso y terrible que el oro.
Y como otras veces ocurrió lo
mismo que siempre ocurría, el compadre aquél era introducido en el despacho de
mi esposa donde, al poco, ésta se desnudaría para los ojos del réprobo.
Que los dioses tengan piedad
de mi alma, ya que yo, afuera del gabinete podía escuchar a las claras cuando
los berridos de espanto del simonista, Miranda se transmutaba en aquella cosa,
o, acaso aquella cosa dejaba su disfraz y se mostraba tal cual era, yo sonreía
enloquecido escuchando los gritos, los aullidos, las súplicas, ¡cómo le
suplicaban, a ella y a algún dios del cual yo había sabido algo antaño pero del
que había olvidado todo ahora! ¡Si, sonreía! ¡Sonreía y azotaba mi cabeza
contra la pared mientras reía con fuerzas, la única risa que podía gritar mi
voz!
Luego el silencio... Después,
la puerta se abría y de ella brotaba la silueta descompuesta del ahora guiñapo
humano que antes entrara con paso firme y gallardo y la ambición y lujuria
brillándole en la mirada.
Daría lástima a quien viera
semejante espantapájaros arrastrando los pies, con la mirada vidriosa y
perdida, andando como andan los hombres que han ahogado su alma en vino y
balbuceando terrores y blasfemias inconexas y escalofriantes, aquello que salía
del gabinete terrible de Miranda era un ser sin alma, anulado, muerto. Un ser
que había descendido al infierno más bárbaro, siniestro y pagano y de ahí había
dado un salto mortal hacia los ignotos abismos e infiernos oscuros y helados
que yacen entre las estrellas, nadie vivo ni cuerdo podía ser sometido a
aquello, no sin pagar un precio...
Y aquél ambicioso orientalista
se perdió en la tiniebla nebulosa de los Cloyster andando garbosa y
ominosamente a trompicones, hablando insanias y lanzando ocasionales y aislados
alaridos cortos y agudos hacia cosas que contemplaba en la noche, aullando a la
sola visión de las frías estrellas.
Y yo me reía pues estaba loco
aunque no anulado como aquellos seres, antes humanos, que salían de nuestro
gabinete y salían a vagar por las calles antes de volver invariablemente a sus
casas y suicidarse apaciblemente colgándose de las cabeceras de sus respectivos
lechos. Me reía porque ya no podía llorar, reía por ellos, por sus almas, por
las de Gabrielle y Michelle y por la mía propia, porque sólo riendo con fuerza,
riendo desbocadamente, riendo hasta llorar era capaz de derramar ese llanto que
tanto echaba en falta.
Y me reía porque había sido lo
bastante fuerte para aguantar aquella revelación infernal que me dañaba tanto y
que tanto me hechizaba.
No recuerdo la fecha exacta
cuando fue el último día que vi a Miranda Larsen, por lo menos de cuerpo
presente, ya que en sueños siempre brillará oscuramente ante mí.
A veces me gusta pensar que
vio algo en nosotros tres, algo que la atrajo y que la mantenía humana... Si es
que fue humana alguna vez, algo que despertó su curiosidad, siempre ávida de
saber.
Como dije antes y aún
sostengo, Miranda no me parecía maligna, por lo menos no como entendemos tal
palabra, ella debía alimentarse y lo hacía constantemente y siempre en el
absoluto secreto.
Era cruel, eso sí, pero ¿qué
los gatos, dulces y tiernos compañeros juguetones y acariciables no torturaban
cruelmente a sus desventuradas presas? Desde luego, y no por maldad, quizás
acaso por un instinto primario sádico, cruel.
Y una parte suya era eso,
Primaria, sádica y cruel.
No intentaré indagar hasta qué
punto Miranda era un animal salvaje y lujurioso, ni sé qué tanto de ella sería
ninfa sensual y hechicera ni hasta qué parte visceral era un sátiro desbocado e
imparable.
Miranda era algo
inclasificable, a su modo podría decirse que era una pesadilla, pero era una
pesadilla matizada con arabescos de sublime complejidad. De ahí la repulsión
que despertaba en los espíritus más sensibles y la facilidad de dominio que
despertaba en mis dos compañeras y en mí, aunque nunca fui poco más que un
simple mozo, un mayordomo, un sirviente leal, un perro fiel. Pero creo que
Miranda jamás esperó más que estuviese ahí...
Aquella noche, Miranda me
llevó a su gabinete, quería hablar conmigo...
Aún guardo su recuerdo
reflejado con espanto en mi pupila, grabado a fuego en mi memoria, pues yo
carecía de alma en la cual atesorar su recuerdo...
Vestía de negro, su apariencia
era apacible, ello sólo me contrariaba más.
Y me contó que ella y las
chicas partirían hacia Europa, en una búsqueda hacia no sé qué región forlivesa
en Italia.
Me contó entonces que quería
que las nuevas nacieran en aquel místico lugar que yo me imaginaba como el país
de las hadas y pesadillas.
Y vi entonces a mis dos
compañeras de presidio, mis hermanas de desgracias a su lado, como los cuervos
alrededor del casco de Odín. Joyas de su corona, y las chicas me miraron y
llevaron sus manos a sus vientres mientras Mirada sonreía.
Y en su rostro... Estaba esa
mueca espantosa que tanto me aterraba... Y la cruel señora comenzó a fluctuar
ante mi otra vez, sólo que peor que antes, aquella mutación insana se llevó
volando entre sus negras y vaporosas alas mucilaginosas lo que me quedaba de
razón. Nunca imaginé lo que descubriría por medio de hipnosis y otros
tratamientos, lo que aún me estremece. Miranda me abandonó, loco y desolado en
el Saint Jeromeh's, de ahí, ¡oh, ironía! Al Arkham Asylum...
¿No había dicho ya que estaba
loco? Pero, por raro que suene, algunos vigilantes me han estudiado durante
años de pasantía "forzada", saben que he visto cosas, yo sé que ellos
también han visto oscuros prodigios, lo sé con sólo ver sus ojos, como los
míos, aunque distintos, Ellos, debían tener nociones, a veces, tengo la
sensación de que en nuestras charlas dejan entrever algunas sombras insinuantes
de cosas descritas en libros como el Neconomicón de Al-Hazred, el
Unaprechlichten culten de Von Juntz y sobre todo el casi desconocido Cultes des
Neydn, de un poeta francés llamado Henrí D'Aramitz. Yo había visto a Miranda
extraer apuntes y diseños de las páginas de un libro viejísimo para sus
brujerías, para sus aquelarres y blasfemias.
Y comprendí todo.
Sonreí por primera vez en
veinte años de encierro, diez preso de aquél ser y su magia pútrida y arcaica y
otros diez preso de su recuerdo en el encierro de cuatro paredes que era mi
celda acolchada.
Sonreí porque comprendí lo que
esos buitres que rondaban los cadáveres vivientes que éramos los dementes
buscaban en mis fragmentados recuerdos. Ellos querían el Cultes des Neydn.
Sonreí porque supe que pronto
me encontraría de nuevo con Miranda y con mis dos antiguas compañeras de
desgracias, sí, porque Miranda les había tendido una trampa en mí. Un cebo, eso
era yo, un gusano enloquecido que atraería al pez despreocupado, ciego e idiota
y que perecía ignaro de que servía a algo mayor.
Pero yo sí lo sabía... Sé que
no es locura mía el oír la suave voz ronca de Miranda, de Gabrielle y de
Michelle entonando cánticos sacrificiales como cuando vivíamos en el idílico
gabinete de Saint Jeromeh's Cloyster.
Sé que pronto vendrá, y
tiemblo mientras trato de saber qué me traerá en sus brazos, alternativamente
ardientes y helados, si será la muerte y el olvido, o si será algo más
terrible.
Sólo ansío que sea pronto, los
doctores no tardarán en vaciar mi mente y después me suicidarán como han
suicidado a tantos ya, y antes de hacerlo sabrán del libro. Y también, para que
así termine la pesadilla que noche a noche me asalta, Miranda, Gabrielle y
Michelle ante mí, rezando tétricas oraciones a la Maligna Magna Mater Neydn y
de desquiciado fondo una espectral zarabanda de chillidos y llantos raros de
aquellas deformidades negras y obscena que agitaban sus cuerpos tan ajenos a lo
humano que, no lo dudé ni un instante, eran frutos de aquél ser que respondía
al nombre de Miranda Larsen.

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