viernes, 3 de julio de 2015

Miranda - Cuento

Miranda
Franco Misaél Sánches Díaz
  



No puedo evitar estremecerme de espanto cuando escucho el llanto de un bebé, un peculiar sonido que nunca dejará de horrorizarme hasta la médula.
Recién había llegado de Salem a la Cittè universitaria de Dunkelhill donde estudiaría, entre otras cosas, la licenciatura de psicología.
Como ha de saberse, nunca es fácil encontrar alojamiento en los dormitorios del campus, así que, al igual que miles de estudiantes anualmente, tuve que buscar alojamiento en los lúgubres Cloysters Ends atestados de pensiones, hosterías, panteoncetes y jardines marchitos y que emanaban un tufo a superstición a la vez repulsivo y adictivo.
Y fue en el Saint Jeromeh's Cloyster donde fuí a dar con mis huesos.
Me estremesco al recordar aquél antro tétrico y opresivo, flanqueado por casitas de cartón y madera de cajas de verdura ir creciendo en infame mutación hasta llegar a edificios, pensiones y cuartos desvencijados y atacados por el musgo y la hiedra, sobra decir que, al pie de la montaña Dunkelstone, el Saint Jeromeh's Cloyster casi nunca recibía la luz del sol haciendo de éste, el más sombrío de todos los Cloysters, que no el más maldito y embrujado.
Y en la pensión de Lunablanca, un edificio de estilo isabelino deslucido aunque de cierta elegancia y de aspecto más cuidado que los demás, fue donde por fin encontré algo que se ajustaba a mis posibilidades y que cubría bien mis necesidades. Por unas pocas libras alquilé una de las recámaras pequeñas aunque agradables y cálidas, contaba con luz eléctrica y agua corriente y, lo mejor de todo, un baño propio. Así pues, con aquél hospedaje al cuál llegar y con mi libreta de notas en mano, me dispuse a iniciar mi vida universitaria.

La universidad de Dunkelheim fue mi última opción para cursar psicología, la primera era, dada la cercanía relativa con Arkham, la Miskatonic University.
Decepcionado por mi rechazo, tomé el tranvía que atravesaba los Cloysters y que me dejaría casi a las puertas de mi alma mater.
Aún suspiraba por la tan soñada pasantía como psiquiatra en el Arkham Asylum cuando, el chirrido de la vía me despertó de mis ensoñaciones sumergiéndome en mi realidad inmediata, estaba en Dunkelheim y tenía que sobrellevarlo con valor.
Poco a poco fui acoplándome al ritmo de la universidad a la vez que me iba familiarizando con ciertos sectores de la ciudad universitaria Dunkelhill o "La Cittè" como la llama la mayoría del alumnado de Dunkelheim.
Fue una tarde de copas en el barrio italiano cuando conocí a mi demonio particular, aquél súcubo alucinante al que le debo la insania y el horror a las morgues y la desolación que nace en mi alma cuando se habla de la muerte.
Caminaba solo por el barrio italiano, las escaleras, jardincillos y canales conjugados por artificiales fuentes e ingeniosos acueductos daban una verdadera sensación de estar en el porto di Venecia.
Y entre la soleada tarde de aquél día descubrí una beldad de finos rasgos de origen impreciso pintando las góndolas en los canales iluminadas con destellos en sangre y oro con grácil maestría y dominio que, lo admito, me hechizó desde el principio.
Al principio me fascinó su dominio tan libre del pincel, y antes de darme cuenta, los ojos profundos de aguas amatistas de aquella beldad se posaron en mí.
Miranda Larsen, deidad en parte noruega, en parte húngara, ésta particular mezcla había cristalizado en ella un sueño de labios rojos en un fondo albo propias de las leyendas acerca de vampiros seductores y atractivamente enigmáticos.
Verla era como ver magia arcana, fascinante y tétrica, bella y diabólica.
Pero también había algo amenazador, horrido e innominable.
Jamás atinaré a saber qué era, pero, pese a su indudable belleza, había algo monstruosamente anormal en ella que, no lo niego, me provocó vivos deseos de huir.
Y a la luz sangrante del agónico sol de la tarde, aquella hermosa blasfemia me sonrió... Al menos, quiero creer que aquella mueca aterradoramente estudiada, fría y escalofriante era una sonrisa.
Se presentó con educación y maneras tan poco propias de las chicas de la Cittè como de la región entera, que supe que venía de puertos muy lejanos. Más que eso, Miranda (así la llamaré a partir de ahora si se me permite ya que no deseo ni puedo darle un nombre a ese ser) parecía provenir no sólo de tierras lejanas, sino de un siglo lejano.
Temblando me presenté, y, tras mi repulsión inicial, noté que mi aprehensión iba trocándose en algo diferente.
Hablamos amparados en un café acerca de lo que la traía a la Citté.
Miranda había venido a la Cittè para cursar la carrera de paleontología y también lenguas muertas, venía, según dijo, de Oslo, Noruega y no tenía más familia que un tío que le había facilitado entrar en Dunkelheim.
Vivía en el extremo éste de Dunkellhill, en el Saint Lilian's Cloyster, otro lugar histórico por haber sido víctima de la peste negra y haber permanecido bloqueado y semienterrado bajo la sede de dirección y gubernatura del condado de Dunkelhill, y que hace veinte años había sido desbloqueado y semi habilitado para recibir el siempre creciente flujo de alumnado.
Yo a mi vez le expuse mi historia y, ahí se enteró de que yo alquilaba una habitación entre la Silent Street y el monte Dunkelstone, animadamente me contó que ella había intentado conseguir alquiler en aquél barrio infructuosamente. El extraño magnetismo que Miranda ejercía en mí anuló desde el principio mi voluntad. Me sumergía entonces en una embriagante y aterradora ensoñación que me volvía la bestia más dócil y servil los deseos de aquel ser disfrazado de ángel.
Le abrí entonces las puertas de mi hogar consiguiéndole la habitación justo sobre la mía como alojamiento.
Comenzó entonces algo tan extraño como diabólico entre esa obscura deidad pagana de cabellos intensamente negros y yo.
Una simbiosis tenebrosa que me costaría la razón, el alma y la paz mental.
Cuando Miranda se mudó a vivir al Lunablanca no llegó sola, la acompañaban dos chicas de formas delicadas y melancólicos rostros virginales, de mirada perdida y pieles pálidas y tersas.
Miranda, pese a siempre ser amable y cordial en su trato, mantuvo durante los primeros meses una prudente discreción acerca de su relación o parentela con éstas dos tristes ninfas. Al principio, sus visitas, aunque frecuentes, casi siempre giraban en torno a temas metafísicos, hablábamos de mitos antiquísimos y de los diagramas entrevistos por los sabios orientales en sus ensoñaciones opiáceas.
Fue una noche de luna de abril cuando mi alma me abandonó dejándome en un páramo desolado habitado por bestias, demonios y fantasmas que danzaban alrededor de ciegos e idiotas seres. Fue la noche cuando por fin perdí para siempre la virtud de sonreír.
En días previos a la fecha fatídica, Miranda (me estremezco al recordar su nombre) me había estado llenando la mente con fórmulas, mitos, nombres y deidades remotos y olvidados. Sin darme cuenta, aquella sacerdotisa de lo innombrable me había iniciado en siniestros cultos demenciales de Mater Neydn, una deidad tenebrosa, criptica y semidesconocida cuyo culto era escalofriantemente antiguo y que se había adaptado a varias mitologías para lograr subsistir oculto y secreto.
Me habló de que ella sabía que uno de los sitios de adoración del culto era la cima Dunkelstone.
Acepté cuando me preguntó si quería acompañarla. En los días siguientes, nos sumergimos en debates y discusiones acerca de los probables significados herméticos en letras y poemas muy puntuales de cierto poeta maldito y lo que insinuó veladamente me erizaba los cabellos aunque no me preparó para lo que vendría después.
Subimos las cimas accidentadas de los riscos del Dunkelstone, aunque la destreza y facilidad de Miranda me hicieron pensar en lagartos reptando, morbosas imágenes asociadas a los poemas debatidos comenzaron a fluctuar. Supuse que me estaba afectando la altitud, había una sensación en el aire, era algo casi eléctrico.
No me sorprendió que tal lugar fuese elegido como ofertorio para ritos.
Quedé asombrado al ver que, en las alturas había una serie de picachos erectos y abruptamente cortados entre las nieblas nublares. Era un paisaje surreal y el vértigo hizo presa de mí. Descansé un poco antes de escalar uno de aquellos accidentes rocosos más propios de Arizona o Colorado que de Nueva Inglaterra.
Y al final llegué a la cima, aún jadeante, contemplé que Miranda había dicho la verdad, piedras de evidente antigüedad se levantaban ordenadamente en semicírculos concéntricos y en el centro de aquél lugar, Miranda me aguardaba bañada por la luz de la luna con un telón de estrellas a sus espaldas.
Caí estático y de rodillas ante aquella escena sublime, el cuerpo de Miranda estaba libre de toda prenda humana dejando a mis profanos ojos el espectáculo de su belleza inhumana.
Y esa sonrisa escalofriante estampada en su cara, nadie que hubiese contemplado aquella sonrisa hubiera podido olvidarla jamás. Era terrible y desoladora.
Mi corazón se ha debilitado tanto a causa de su recuerdo pero debo de exorcizar su maldito recuerdo de mí aunque en ello se me vaya la vida.
Abrumado por la mezcla de temor y veneración que esa beldad infernal despertaba en mí intenté retroceder.
Tropecé cayendo sentado y entonces, ante mis ojos, ocurrió algo que no debería ocurrir ante los ojos de ningún humano.
Aullé enloquecido presa de un pánico devorador que aún hoy me lacera el corazón a tantos años de distancia.
Recuerdo, aunque veladamente, que fui testigo de cómo una forma antes humana fluctuaba pulsando de un sexo a otro, oscilando vaporosamente y en medio de estertores escalofriantes. Mis aullidos lastimeros se trastocaron en una zarabanda enloquecida de berridos histéricos que una ternera en el rastro habría envidiado cuando, ¡cruel ironía! La forma antes mujer y después hombre comenzaba a involucionar en algún tipo de bestia por completo desconocida y después, ascender hasta no ser ni hombre ni mujer ni bestia, sino uno y trino.
La voz cabruna y baja de aquella locura encarnada me habló, aunque no recuerdo qué me susurró, yacía tirado cual muñeco deshilado sonriendo estúpidamente, boqueando cual pez fuera del agua encerrado en mil gritos mudos con las babas de la insania escurriendo por mi barbilla.
Cuando recuperé la conciencia estaba en mi habitación en Lunablanca y habían pasado dos días desde mi ascenso al Dunkelstone y mi caída en la demencia. Descubrí además, que las dos silenciosas vestales que acompañaban a Miranda habían cuidado de mí durante mi inconciencia, por ellas supe que había sido Miranda quien me había regresado a mi apartamento. Michelle y Gabrielle eran los nombres de aquellas chicas.
Abrumado por el recuerdo ominoso sentí girar la habitación, pero Gabrielle murmuró algunas frases extrañas que, por extraño que suene, me permitieron enfocar la realidad.
Miranda apareció entonces, extrañamente logré mantener la calma asombrándome de aquella serenidad atípica. En realidad, tras el shock inicial había descubierto con extraña aceptación que aquellos mitos, pesadillas y alucinaciones descritos en antiguos y mohosos grimorios eran reales.
 Miranda me contó entonces que era una buscadora de la flama perdida, era una adoratriz solitaria acompañada únicamente por Gabrielle y Michelle, sus dos Mujeres Escarlata.
Comprendí entonces la situación de las dos jovencitas, sagradas meretrices destinadas a servir a los rituales tántricos cuyo origen estaba en los prehistóricos pantanales tropicales del África profunda antes de la separación continental.
Comprendí que, aunque en un modo diferente, también yo era un esclavo de aquel ser diabólico.
Acordé servirle de pantalla ante la sociedad para sus desmanes y orgías sacrificiales fingiendo un romance y a posteriori un enlace nupcial que acallaría cualquier murmuración, era el adorno perfecto y el ideal chivo expiatorio de sus locuras. Porque no puedo dar otro nombre a los horrores que cometía.
En fechas puntuales realizaba desconocidas danzas y extraviados libertinajes con sus dos Mujeres Escarlatas y en otras, participábamos los tres abriendo puertas por medio de sangre y dolor.
Nos arrojó en un culto demencial y violento donde la automutilación era la moneda a pagarle a los dioses tenebrosos y el dolor el precio de la salvación.
Y cuando algún infortunado lograba acercarse a nuestros secretos sin su venia, Miranda lo atraía a nuestro gabinete en el Saint Jeromeh's Cloyster y entonces ocurría el horror.
Con el tiempo y gracias al oro antiguo que Miranda solía administrar con suma astucia, pudimos comprar el Lunablanca y en la actualidad aún figura el nombre Miranda Larsen en las escrituras. Y también pudimos habilitarlo mejor y añadirle un nuevo encanto, muros a prueba de ruido.
En esto radicaba el éxito aparente en eliminar a los curiosos, eran atraídos, algunos por nuestra excentricidad, otros por el oro de mi siniestra esposa, otros más, atraídos por el halo de terror que envolvía nuestro lúgubre cuarteto.
Si quitamos su naturaleza, a veces brutal, a veces salvaje, a veces fría y algunas veces más abrasiva, Miranda no era mala... No en el sentido teratológico de la palabra por lo menos. A veces, mientras reflexiono, embebido en hierba y whiskey sumido en la tiniebla, acuden a mi mente aquellos extraños días que pasamos juntos, tan juntos.
Mis ojos arden de llanto y espanto ante el recuerdo de las veladas tardes que caminábamos tomados del brazo, del talle o de plano abrazados por las calles sombrías de los Cloysters tétricos.
Yo era sólo un pendiente más y adornaba su solapa como un efímero y anónimo clavel haciendo un extraño juego con los hermosos gemelos de puños que eran Michelle y Gabrielle, mis bellas y tristes compañeras de esclavitud.
Y nos presumía como quien exhibe un artículo vano, efímero pero bello. Por lo menos en el caso de las chicas, en mi caso, lo que me ataba a ella era algo distinto, por mucho.
Solíamos acompañarla a tenebrosas soirée clandestinas en tugurios y arrabales inmundos con la crème de la sociedad ocultista de la universidad.
Miranda se codeaba con artistas, intelectuales, poetas, metafísicos, psicólogos, gnosticistas, egiptólogos, filólogos y demás individuos rayanos entre la genialidad y la charlatanería.
Era entre estos pobres desdichados entre quienes más estragos causaba.

Para explicar el misterio y el horror siguiente procederé a levantar un poco el velo del rostro de la Gorgona, no puedo más que mostrar la locura, éxtasis y horror que nos rodeaba enfermándonos más y más, lenta, pero inexorablemente.
Las noches eran sueños opiáceos de noches árabes, de exóticos perfumes, de arcanos inciensos y de horrores ignotos.
Usualmente, Miranda solía llevar correspondencia con una docena de eruditos en temas arcanos, extraños y poco conocidos, esto para seleccionar al más iniciado de ellos para mostrarle la oscura luz de Neydn...
Referiré que una noche cálida y lluviosa, Miranda nos llevó a un bistró chino cajún en Tabber Street, en el distrito céntrico de Dunkelhill donde se vería con un dibujante orientalista que se había hecho rico traduciendo libros de herbolaria china y oriental para una sociedad occidental creciente y recién enamorada del lejano oriente.
Hasta ahí todo bien, yo había deducido que lo que éste pintoresco amigo buscaba era dinero más que sabiduría, yo sabía lo que el oro de mi siniestra mujer producía, ya que yo mismo era objeto de habladurías, esto porque había conseguido licenciarme y ahora iba por mi tan soñado doctorado en psiquiatría, y esto financiado por mi diabólica mujer y su oro que, lo mismo podía venir del país nebuloso, del Schwarzenbenheim o de la misma mano del Hombre Negro del Sabbath.
Aquello ya me daba igual.
Como decía, pese a mi carácter taciturno y mi obvia aura de oscuridad había conseguido ser uno de los primeros de mi clase, esto, sumado a una rara habilidad de deducción indudablemente producto de mi contacto con ésa entidad exterior y desconocida, me permitían adelantarme a muchas cosas, el lenguaje corporal, pose, mirada y sudoración de aquél charlatán me gritaban una necesidad urgente de oro.
Tras una cena breve donde se habló sólo de nimiedades, Miranda le pidió al orientalista acompañarnos a nuestro gabinete de Saint Jeromeh's Cloyster.
Comprendí que mi obscura señora estaba furiosa, obviamente había esperado alguna cuota de charlatanería, algún asomo de humana ambición. Pero, aquél ser extraño, terrible y majestuoso, tan ajeno a nuestras leyes, deseos y aspiraciones miró aquél simple humano, tan ambicioso, tan mortal y se llenó de asco, en una sola pincelada había decidido darle a aquél farsante algo más valioso y terrible que el oro.
Y como otras veces ocurrió lo mismo que siempre ocurría, el compadre aquél era introducido en el despacho de mi esposa donde, al poco, ésta se desnudaría para los ojos del réprobo.
Que los dioses tengan piedad de mi alma, ya que yo, afuera del gabinete podía escuchar a las claras cuando los berridos de espanto del simonista, Miranda se transmutaba en aquella cosa, o, acaso aquella cosa dejaba su disfraz y se mostraba tal cual era, yo sonreía enloquecido escuchando los gritos, los aullidos, las súplicas, ¡cómo le suplicaban, a ella y a algún dios del cual yo había sabido algo antaño pero del que había olvidado todo ahora! ¡Si, sonreía! ¡Sonreía y azotaba mi cabeza contra la pared mientras reía con fuerzas, la única risa que podía gritar mi voz!
Luego el silencio... Después, la puerta se abría y de ella brotaba la silueta descompuesta del ahora guiñapo humano que antes entrara con paso firme y gallardo y la ambición y lujuria brillándole en la mirada.
Daría lástima a quien viera semejante espantapájaros arrastrando los pies, con la mirada vidriosa y perdida, andando como andan los hombres que han ahogado su alma en vino y balbuceando terrores y blasfemias inconexas y escalofriantes, aquello que salía del gabinete terrible de Miranda era un ser sin alma, anulado, muerto. Un ser que había descendido al infierno más bárbaro, siniestro y pagano y de ahí había dado un salto mortal hacia los ignotos abismos e infiernos oscuros y helados que yacen entre las estrellas, nadie vivo ni cuerdo podía ser sometido a aquello, no sin pagar un precio...
Y aquél ambicioso orientalista se perdió en la tiniebla nebulosa de los Cloyster andando garbosa y ominosamente a trompicones, hablando insanias y lanzando ocasionales y aislados alaridos cortos y agudos hacia cosas que contemplaba en la noche, aullando a la sola visión de las frías estrellas.
Y yo me reía pues estaba loco aunque no anulado como aquellos seres, antes humanos, que salían de nuestro gabinete y salían a vagar por las calles antes de volver invariablemente a sus casas y suicidarse apaciblemente colgándose de las cabeceras de sus respectivos lechos. Me reía porque ya no podía llorar, reía por ellos, por sus almas, por las de Gabrielle y Michelle y por la mía propia, porque sólo riendo con fuerza, riendo desbocadamente, riendo hasta llorar era capaz de derramar ese llanto que tanto echaba en falta.
Y me reía porque había sido lo bastante fuerte para aguantar aquella revelación infernal que me dañaba tanto y que tanto me hechizaba.
No recuerdo la fecha exacta cuando fue el último día que vi a Miranda Larsen, por lo menos de cuerpo presente, ya que en sueños siempre brillará oscuramente ante mí.
A veces me gusta pensar que vio algo en nosotros tres, algo que la atrajo y que la mantenía humana... Si es que fue humana alguna vez, algo que despertó su curiosidad, siempre ávida de saber.
Como dije antes y aún sostengo, Miranda no me parecía maligna, por lo menos no como entendemos tal palabra, ella debía alimentarse y lo hacía constantemente y siempre en el absoluto secreto.
Era cruel, eso sí, pero ¿qué los gatos, dulces y tiernos compañeros juguetones y acariciables no torturaban cruelmente a sus desventuradas presas? Desde luego, y no por maldad, quizás acaso por un instinto primario sádico, cruel.
Y una parte suya era eso, Primaria, sádica y cruel.
No intentaré indagar hasta qué punto Miranda era un animal salvaje y lujurioso, ni sé qué tanto de ella sería ninfa sensual y hechicera ni hasta qué parte visceral era un sátiro desbocado e imparable.
Miranda era algo inclasificable, a su modo podría decirse que era una pesadilla, pero era una pesadilla matizada con arabescos de sublime complejidad. De ahí la repulsión que despertaba en los espíritus más sensibles y la facilidad de dominio que despertaba en mis dos compañeras y en mí, aunque nunca fui poco más que un simple mozo, un mayordomo, un sirviente leal, un perro fiel. Pero creo que Miranda jamás esperó más que estuviese ahí...

Aquella noche, Miranda me llevó a su gabinete, quería hablar conmigo...
Aún guardo su recuerdo reflejado con espanto en mi pupila, grabado a fuego en mi memoria, pues yo carecía de alma en la cual atesorar su recuerdo...
Vestía de negro, su apariencia era apacible, ello sólo me contrariaba más.
Y me contó que ella y las chicas partirían hacia Europa, en una búsqueda hacia no sé qué región forlivesa en Italia.
Me contó entonces que quería que las nuevas nacieran en aquel místico lugar que yo me imaginaba como el país de las hadas y pesadillas.
Y vi entonces a mis dos compañeras de presidio, mis hermanas de desgracias a su lado, como los cuervos alrededor del casco de Odín. Joyas de su corona, y las chicas me miraron y llevaron sus manos a sus vientres mientras Mirada sonreía.
Y en su rostro... Estaba esa mueca espantosa que tanto me aterraba... Y la cruel señora comenzó a fluctuar ante mi otra vez, sólo que peor que antes, aquella mutación insana se llevó volando entre sus negras y vaporosas alas mucilaginosas lo que me quedaba de razón. Nunca imaginé lo que descubriría por medio de hipnosis y otros tratamientos, lo que aún me estremece. Miranda me abandonó, loco y desolado en el Saint Jeromeh's, de ahí, ¡oh, ironía! Al Arkham Asylum...
¿No había dicho ya que estaba loco? Pero, por raro que suene, algunos vigilantes me han estudiado durante años de pasantía "forzada", saben que he visto cosas, yo sé que ellos también han visto oscuros prodigios, lo sé con sólo ver sus ojos, como los míos, aunque distintos, Ellos, debían tener nociones, a veces, tengo la sensación de que en nuestras charlas dejan entrever algunas sombras insinuantes de cosas descritas en libros como el Neconomicón de Al-Hazred, el Unaprechlichten culten de Von Juntz y sobre todo el casi desconocido Cultes des Neydn, de un poeta francés llamado Henrí D'Aramitz. Yo había visto a Miranda extraer apuntes y diseños de las páginas de un libro viejísimo para sus brujerías, para sus aquelarres y blasfemias.
Y comprendí todo.
Sonreí por primera vez en veinte años de encierro, diez preso de aquél ser y su magia pútrida y arcaica y otros diez preso de su recuerdo en el encierro de cuatro paredes que era mi celda acolchada.
Sonreí porque comprendí lo que esos buitres que rondaban los cadáveres vivientes que éramos los dementes buscaban en mis fragmentados recuerdos. Ellos querían el Cultes des Neydn.
Sonreí porque supe que pronto me encontraría de nuevo con Miranda y con mis dos antiguas compañeras de desgracias, sí, porque Miranda les había tendido una trampa en mí. Un cebo, eso era yo, un gusano enloquecido que atraería al pez despreocupado, ciego e idiota y que perecía ignaro de que servía a algo mayor.
Pero yo sí lo sabía... Sé que no es locura mía el oír la suave voz ronca de Miranda, de Gabrielle y de Michelle entonando cánticos sacrificiales como cuando vivíamos en el idílico gabinete de Saint Jeromeh's Cloyster.
Sé que pronto vendrá, y tiemblo mientras trato de saber qué me traerá en sus brazos, alternativamente ardientes y helados, si será la muerte y el olvido, o si será algo más terrible.
Sólo ansío que sea pronto, los doctores no tardarán en vaciar mi mente y después me suicidarán como han suicidado a tantos ya, y antes de hacerlo sabrán del libro. Y también, para que así termine la pesadilla que noche a noche me asalta, Miranda, Gabrielle y Michelle ante mí, rezando tétricas oraciones a la Maligna Magna Mater Neydn y de desquiciado fondo una espectral zarabanda de chillidos y llantos raros de aquellas deformidades negras y obscena que agitaban sus cuerpos tan ajenos a lo humano que, no lo dudé ni un instante, eran frutos de aquél ser que respondía al nombre de Miranda Larsen.


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