La Luz que brotó de las Colinas
De Franco Misaél Sánchez Díaz
Sí,
yo estuve con Lucero Maldeaurore la noche en que desapareció. Mucho se ha
escrito en los diarios y más aún en las gacetillas de cotilleos extraescolares
de Dunkelheim. Y es que, Lucero era una de las modelos más solicitadas y
envidiadas dela Cittè, tanto por escultores, como por pintores, fotógrafos,
incluso un conocido diseñador lanzó una serie con el títulus "Lux in
Tenebris" de obvia inspiración de ella.
Lucero
era en verdad un mágico misterio, poseía la gracia de una Afrodita, la
prudencia de una Diana y la inteligencia y sagacidad de una Minerva.
Era
el sueño de cualquier artista, en realidad, su ser emanaba una tenebrosa luz
siniestra que asolaba a quien la miraba.
Su
belleza había producido más de un suicidio ardiente en aras de su beldad
inalcanzable.
Algunos
incluso afirman que, asuntos tan bizarros y sangrientos como el de la Rue
Lavoisìn fueron en parte, producto de las salvajes pasiones que despertaba
entre algunos artistas e incluso estudiosos de filosofía, letras, música.
No
es grato recordar que, con motivo de una exposición de pinturas realizadas por
los pintores más aguzados de la Universidad Dunkelheim que habitaban en los
Cloysters adyacentes se realizaría tal escena, grotesca, patética h repulsiva.
El
barrio francés fue elegido para la exposición de arte, lo mejor había sido
cribado y lo que quedaba era sólo lo más sublime y visceral.
La
noche en cuestión, Lucero, obviamente invitada a dicho evento se rehusó a
asistir extrañando a todo mundo y causando una desolación absoluta en la
artista cuya obra era el centro de aquella exhibición.
Kathleen
Miravál, una delicada y nerviosa chica cuya excentricidad muchas veces superaba
la tolerancia del buen gusto ajeno. Lucero había posado para aquella obra, ante
Kathleen, la figura de Lucero se mostró noche tras noche en una buhardilla en
el East End para servirle a una obra que se había mantenido en secreto, pero
para nadie era ajeno el dato de que la artista había viajado a Arkham en varias
ocasiones, todos sabían que había visitado las bibliotecas ocultistas de Europa
hacia algunos meses, a raíz de lo cual, la razón de Kathleen había ido cayendo
en un progresivo declive a la vez que su cuerpo se iba consumiendo como una
vela en medio del infierno.
Todo
mundo en la Rue Lavoisìn había visto la doliente silueta flaca y ominosa de
Kat, yo llegué a conocerla ya que solía ser uno de los asesores que le
asignaron al estudiar griego. Tenía un genio particular, a veces me daba la
impresión tétrica de que su inteligencia fuera tan aguda y rápida. No sólo eso,
tenía un don perceptivo extraño, mediante observaciones cuyo hilo de Ariadna
solo ella podía seguir, Kathleen lograba casi adivinar los eventos con un dote
casi profético. Pese a eso, su extravagancia, su aspecto descuidado de rojos
cabellos pajizos y en punta, su andar algo encorvada, las ojeras que
sempiternamente adornaban cual marcos sus enrojecidos ojos verdes, su voz baja
y lenta, la hacían un paria incluso entre las subculturas tan variadas que
rondaban la Cittè.
Además estaba el detalle de sus otras
extravagancias, aunque de ellas me ocuparé después.
Aquella
terrible noche los ánimos estaban caldeados, muchos artistas, feroces contra la
enferma silueta de Kathleen despotricaban en contra del comité de arte de
Dunkelheim, muchos de aquellos feroces sabuesos incluso cuestionaban la sanidad
mental de dicho comité.
Pero,
sin duda, lo que más los espoleaba aquella noche era el hecho de que Kathleen
hubiese conseguido para sí a la bella Lucero como modelo para su obra infame.
Y
para muchos era claro que algo había ocurrido en aquellos meses durante los
cuales Kathleen pintó lo que le dio por llamar su "Opus Magnus".
La
odiaban, por ganar el primer sitial en aquella exhibición, por tener para sí,
la figura esbelta y morena de Lucero, que en aras del arte le cedía sus
sonrosados labios de cereza, sus negros cabellos lacios, sus ojos color miel...
La odiaban porque sospechaban que algo habría ocurrido en la sórdida y anónima
buhardilla que habría usado Kathleen como estudio.
Algo
había ocurrido y agriado el carácter de la diva que ahora se negaba a dar
citas, a asistir a eventos, ni siquiera a salir a la calle. Algo.
Y
el secreto en que mantenían aquel lienzo odiado ya de antemano sólo les
crispaba más los nervios ya inflamados a aquellos Caravaggios fratricidas.
Como
la hora de la develación de la pintura se acercaba, los comentarios iban siendo
más osados y airados. No había que esperar un fin agradable a aquel infernal
rebullir de ánimos en el que se mezclaban el odio, el despecho, el desprecio y
la incertidumbre.
Por
fin la hora llegó, Kathleen estaba al borde de una locura horrida, toda la
noche había estado musitando insensateces, hablando sola y llamando bajamente a
Lucero con tono apasionado y demente. Cuando la hora llegó, Kathleen soltó un
discurso bizarro e ininteligible donde aseguraba haber encontrado el modo de
trascender hasta los portales ominosos del abismo más terrible... Que dicho
viaje no podía realizarse sin pagar el precio asignado primero.
Creo
que fue Anton LeClerk, un poeta que había escrito un librillo de sonetos para
la bella Lucero quien puso fin a aquello. De impetuosa sangre gascona y con el
orgullo herido más allá de lo tolerable, el porta tomó a Kathleen de la holgada
camisa sacudiéndola mientras la acusaba de escandalosas libertades con la
modelo.
De
pronto, en medio de aquella escena tan patética y desagradable cayó el manto.
El
lienzo de cuatro por dos y medio quedó expuesto ante todos aquellos ojos
expectantes que se llenaron las pupilas con aquellos trazos y líneas de
pesadilla hasta el hartazgo.
Tras
superar la impresión primera, algunos rechinaron los dientes, algunos de ira,
otros más de escalofrío, otros soltaron juramentos de lo más variados, voces de
ira se alzaron en medio de exclamaciones de asombro, de maravilla y de asco.
Anton
lanzó un chillido feroz y enloquecido que acalló el rumor creciente, los ojos
saliéndosele de las cuencas y las mandíbulas crispadas con un hilillo de saliva
corriéndole por la barbilla miraba aquel cuadro.
Si,
yo también contemplé aquella muestra de grotesquería. Invariablemente era una
genialidad, un retrato tan real que daba miedo, pero sus tonos irreales,
edificios de extraño diseño de fondo en ciclópeas montañas y cimas de extraño
color metálico... Y el motivo central claro que era Lucero Maldeaurore.
Era
ella, pero no lo era a la vez. Su bella faz, purulenta, desfigurada, sus
ojos... Horridos cuencos hirvientes donde dos acuosas esferas enrojecidas
miraban desde el fondo de la insania. Los labios, pútridos e hinchados
supuraban un licor mefítico y ominoso, alas negras de viscosa textura
enmarcaban aquél ser tan terrible.
No
puedo entrar en más detalles, aquel pedazo de tela nunca debió existir en
primer término. Los lúgubres detalles están recogidos en el Análisis anual de
arte de Dunkelheim.
Aquel
lienzo maldito era el que le había robado la felicidad a Lucero, una deidad
total fundida con un espanto tan inhumano y tan palpable.
Y
antes de que muchos nos diéramos cuenta, una media docena de enloquecidos
asistentes se lanzaron contra la artista aún presa del poeta para, sin duda,
mostrarle su aprecio por la obra con sus afiladas navajas traídas para tal
menester.
Cuatro
manchones de un rojo escarlata intenso brillaron como arabescos orientales en
la seda de la camisa de Kathleen. La artista no era más que un simple guiñapo
en las fauces de fieros perros de caza en los que muchos asistentes se habían
transformado.
Pronto,
algunos más intervinieron a favor de la pintora intentando auxiliarla, el
infierno abrió sus puertas cuando, en medio del frenesí del combate, una de las
lámparas de gas cayó incendiando algunos de los lienzos iniciando así un horror
de flamas incontenibles que se extendieron en segundos.
El
incendio arrasó varias salas matando a una veintena de asistentes que quedaron
encerrados en la sala más afectada de todas. Los cuerpos carbonizados fueron
todos identificados, pero el cuerpo de Kathleen no fue encontrado en ningún
lado de aquél salón humeante del que apenas pude escapar vivo, cierto que fue
una tragedia tan sonada que hizo que se reevaluaran los códigos civiles y de la
misma Universidad.
De
los ciento ochenta sobrevivientes al siniestro, diez fueron enjuiciados y de
ellos, sólo tres fueron condenados.
Podría
imaginarse esto como el fin de un negro capitulo en la vida tórrida y asquerosa
en los arrabales de la Cittè para una paria como lo había sido la infortunada
Kathleen Miravál y su extraña obsesión con la soñada Lucero Maldeaurore.
Pero
no, el horror aconteció varios meses después. La tormenta inicial había
devastado la moral de la comunidad artística de la Cittè sumiendo a sus
miembros en una inactividad extraña, era como si, tras aquella noche de sangre
y fuego, la animosidad de aquellas personas se fuera desgastando, como si algún
bizarro vampiro psíquico se hubiese materializado, invisible e ineludible, para
minar sus energías.
Pese
a esto, aquellos meses tenebrosos los Cloysters rebullentes de surrealismo se
inundaron de la gris bruma citadina, incluso los cielos se mostraban nublados,
tomentosos y melancólicos. Poco se cosechó en materia de arte aquel semestre.
Retomé
tratos con Lucero, extrañamente, la hermosa modelo iba mejorando en animosidad
y semblante, aunque siempre atenta, con el oído tan fino y aguzado que incluso
podría asegurar, escuchaba hasta las voces de otros mundos.
Lucero
se había repuesto tras la muerte de Kathleen, nadie le echó nada en cara
conociendo la horrible y realista caricatura bizarra de la que muchos hablaron.
Hasta
un par de semanas antes de que Lucero desapareciera, su buen humor auguraba una
pronta vuelta a la vida a la comunidad artística. Por mi parte, flirteaba con
una elegante compañera de piso de la bella Lucero mientras ésta era coqueteada
por nuevos pretendientes nuevos y capaces de matar por verla sonreír.
Y
fue a mí a quien le confesó que, en noches anteriores a su desaparición, había
visto pasearse por su habitación una negra silueta, humeante y terrible bajo la
luz de las farolas de la calle.
Me
contó el misterio tras su extraño contacto tan brutal con Kathleen.
Resultaba
que Kathleen había sido la segunda de dos hermanos, su hermano mayor, Steffan
Miravál había sido un pobre dibujante que nunca llegó a entrar a la
universidad, aunque sí vivía en la Cittè soñando entrar en ella. Por aquél
entonces, la creciente fama de Lucero había llegado hasta oídos de Steffan
quien, invariablemente, quedó prendido del recuerdo de la hermosa musa.
Pero,
como uno de los requisitos para poder aspirar a la compañía de la bella ninfa
era talento y dinero, el pobre chico nunca vio su sueño de inmortalizar de
pluma y trazo la silueta de su amada, terminó colgándose en su sórdido
cuartucho de arrabal.
Comencé
entonces una pesquisa personal siguiendo el rastro a mi antigua conocida
comenzando por el abuhardillado estudio donde aquél cuadro viniese a existir
más allá de la mente torturada de Kath.
Conseguí
mediante unas cuantas monedas ser introducido en aquél lugar tétrico y frío.
Sorprendido
me enteré de que aquel antro lúgubre había sido el escenario donde Steffan
habíase quitado la vida. Aquél lugar terrible había sido alquilado por Kathleen
precisamente por aquél detalle, sólo los dioses saben qué energías más nocivas
pudo absorber la torturada artista, sólo los sonrientes demonios
interdimensonales saben de sus indagaciones, de sus experimentos, de sus
diseños rayanos entre la brujería más obscura y la ciencia más futurista y
osada.
Temblé
al imaginar las teorías revolucionarias que aquella extraña y solitaria
visionaria habría descubierto sumida en el dolor de la pérdida de un amado
hermano, su único aliado en un mundo que nunca la comprendería. En verdad que
aquello comenzaba a enfermarme.
En
aquél recinto lleno de telarañas y polvo encontré libros, notas, bosquejos,
diagramas, hojas manuscritas en alfabetos olvidados, todos los elementos de una
búsqueda sombría.
Requisé
aquellos papeles para su estudio y archivamiento en la biblioteca de la
sorecerié a la que pertenezco, dichos documentos están actualmente bajo
escrutinio de los eruditos. Y también encontré una nota, una simple nota con
una fecha y un lugar.
Barrow
Road, 30 abr.
La
Barrow Road era un camino que atravesaba la colina de Barrow Hill que estaba en
las afueras de la Cittè, un camino pedregoso y casi abandonado lleno de
accidentadas veredas y estrechas sendas.
La
fecha era un misterio, aquel día que entré en el estudio abuhardillado era
veintiocho de abril, la nota sugería una diferencia de dos días y el papel no
parecía haber sido escrito un par de días atrás.
Le
pregunté a la dueña de si alguien había sido admitido en el lugar. No, nadie a
excepción mía, además, en todo caso, nadie salvo Lucero sabía de aquél sitio y
menos aún que yo iría.
Decidí
visitarla al día siguiente para revisar su caligrafía y compararla con la de la
nota, no quería ponerla nerviosa con sólo mis locas hipótesis.
Mientras
tanto, el clima en la Cittè se iba sumiendo en un sombrío marasmo de obscura
expectación.
Ojalá
jamás hubiese ido a visitar a Lucero con aquél papel infame en mis bolsillos,
quizás ella no hubiese desaparecido de éste mundo, porque, de eso estoy bien
seguro, Lucero ya no es parte de éste mundo, aunque muchos aseguran haberla
visto en Francia en tal pasarela, o de haber hablado con ella en Forlì, Italia,
o del brazo de un galante efebo en Colonia, yo sé que aquello es tan imposible,
como sé que muchos juzgarían imposible el final demente de ésta serie de
desgracias.
Asistí
a visitarla temprano para salir de dudas con respecto al texto.
No,
no era su letra, ni de lejos era su estilo, la mano de Lucero era elegante pero
firme, soberbia y altanera. La del papel era apenas lo bastante legible por la
suavidad en su trazo.
Tampoco
era la letra de Kathleen, yo conocía su letra, era su asesor en griego a fin de
cuentas.
Salí
hacia las cinco de la tarde de los aposentos de Lucero y, en el camino a casa
en un taxi barato llegué a la conclusión de ir al sitio indicado en la nota,
Barrow Road, en el lejano sur casi en las afueras, un terreno duro para la
vida, un paso más para alpinistas lleno de sendas tortuosas, aunque no por ello
inaccesible y que desembocaba en la senda hacia Forgesville el condado vecino a
Dunkelhill.
Decidí
ir a casa a cambiarme de ropa para el viaje, a las ocho salí hacia el camino,
era la noche del veintinueve de abril. La brisa fresca traía olor a lluvia pese
a que las estrellas brillaban con intensidad en el cielo resplandeciente.
Caminé
por la senda y, al internarme en el camino real, sentí que era seguido, me giré
descubriendo, bajo las estrellas de abril y en medio del camino, la silueta de
Lucero Maldeaurore.
La
modelo había ido a aquél lugar impelida por un aviso tan raro como inevitable,
había Sido llamada en sueños por una voz, una voz suave y persuasiva. Y aquella
tarde había encontrado un papel, un papel con la inconfundible caligrafía
conocida de Steffan Miravál. Pálido me le quedé mirando, antes de que pudiera
decirle nada, algo prodigioso y terrible aconteció ante Lucero y yo.
De
entre los pedregosos riscos brotó una inexplicable fosforescencia violeta que
iluminó nuestras faces en destellos sangrientos, tiñéndonos la cara de una
enfermedad extraña y deformante.
Lucero
gritó, su grito, lo sé, reverberó en los siete vértices del continuum conocido
cuando, ante nosotros apareció una monstruosa bestia carbonizada de ojos
resplandecientes que sonreía con una sonrisa de esqueleto ennegrecida por las
llamas del fuego de la Rue Lavoisìn, aquella momia carbonizada era el cadáver
viviente de Kathleen que se reía de nosotros.
Y
Lucero gritó hasta quedarse afónica, yo me paralicé, todos los estudios
realizados no me habían inmunizado contra aquél espectáculo terrorífico y
ultraterreno.
El
negro esqueleto caminó hasta nosotros, olisqueando el aire con parsimonia
animal, saboreando el olor a miedo de Lucero y mío, y fue tras ella quien fue
aquella sombra. Hechizada y afónica, la diva, bloqueada por el horror fue
tomada por la espalda por el engendro aquél que la aferró con furia y dominio,
sonriendo y castañeando los dientes, mirándome con aquellos ojos brillantes y
sangrientos, comprendí que algo murmuraba aunque no podía oírlo.
Nunca
olvidaré la expresión de Lucero y la mirada de su rostro cuando las zarpas del
ser se le hundieron en el pecho resplandeciendo con destellos ígneos, la modelo
alzó el rostro en un grito mudo aferrando aquellas garras tratando inútilmente
de luchar contra su atacante tardíamente.
El
brillo ígneo aumentaba, un brillo abrasivo, ardiente, de fuego.
Y,
ante mis ojos, Kathleen y Lucero se encendieron en una hoguera gigantesca de
enormes flamas que danzaban enloquecidas al compás de su vals de pesadilla.
Una
explosión de brillo me deslumbró a la vez que una onda expansiva me lanzaba
contra las rocas del camino, los oídos me zumbaron por el golpe de sonido, me
perdí en la negrura de la inconciencia, o eso supuse, abrí los ojos y observé
un haz luminoso que ascendía tortuosamente en ángulos horribles hacia un punto
del cielo, un brillo lejano parpadeó en ese pinto entre la Hidra y el Navío
Argos y supe que Lucero, haciendo honor a su nombre, había ascendido a los
cielos a ocupar su lugar entre las estrellas del firmamento. Perdí el
conocimiento mirando aquella estrella refulgir y después apagarse para siempre.
Recuperé
la conciencia un par de días después en el hospital Liebermann de Dunkelhill.
Me habían encontrado desmayado al pie de un risco en el Barrow Road con muchas
contusiones producto de una caída. Afirmé haber ido a contemplar algún evento
astrológico y haber sufrido un infortunado accidente, me creyeron dado que
dicha noche, desde e observatorio pudieron observar un fenómeno peculiar
asociado con cierto punto de mapa celeste.
Meses
de lento reponerme tanto física como nerviosamente me permiten hablar con
parquedad de éstos hechos escalofriantes e increíbles. La sociedad bohemia no
tardó en reemplazar a la diva por otra y en la actualidad, el nombre de Lucero
Madeurore es recordado como el de una de las más cultas y bellas damas
graduadas de la universidad Dunkelheim, sin saber la verdad.
Por
su compañera supe que en días anteriores había descubierto a Lucero hablando
con el aire murmurando el nombre del suicida y de la pintora asesinada. Aseguró
haber hallado negras manchas de hollín y ceniza en muebles y piso de su
estancia y también que Lucero mostraba una actitud expectante, lo que me hizo
temblar los nervios fue el detalle del que me habló al final, al parecer, la
diva habíase decidido a realizar un viaje prolongado, un viaje al estrellato en
sus propias palabras, ignoraba cómo, pero Lucero aseguraba que una voluntad o
conciencia sombría le susurraba en sueños que su destino era ocupar un sitio en
el firmamento, en lo más alto e inalcanzable de la eternidad...
Fin

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