viernes, 3 de julio de 2015

La Luz que Brotó de las Colinas - Cuento

La Luz que brotó de las Colinas

De Franco Misaél Sánchez Díaz


Sí, yo estuve con Lucero Maldeaurore la noche en que desapareció. Mucho se ha escrito en los diarios y más aún en las gacetillas de cotilleos extraescolares de Dunkelheim. Y es que, Lucero era una de las modelos más solicitadas y envidiadas dela Cittè, tanto por escultores, como por pintores, fotógrafos, incluso un conocido diseñador lanzó una serie con el títulus "Lux in Tenebris" de obvia inspiración de ella.
Lucero era en verdad un mágico misterio, poseía la gracia de una Afrodita, la prudencia de una Diana y la inteligencia y sagacidad de una Minerva.
Era el sueño de cualquier artista, en realidad, su ser emanaba una tenebrosa luz siniestra que asolaba a quien la miraba.
Su belleza había producido más de un suicidio ardiente en aras de su beldad inalcanzable.
Algunos incluso afirman que, asuntos tan bizarros y sangrientos como el de la Rue Lavoisìn fueron en parte, producto de las salvajes pasiones que despertaba entre algunos artistas e incluso estudiosos de filosofía, letras, música.
No es grato recordar que, con motivo de una exposición de pinturas realizadas por los pintores más aguzados de la Universidad Dunkelheim que habitaban en los Cloysters adyacentes se realizaría tal escena, grotesca, patética h repulsiva.
El barrio francés fue elegido para la exposición de arte, lo mejor había sido cribado y lo que quedaba era sólo lo más sublime y visceral.
La noche en cuestión, Lucero, obviamente invitada a dicho evento se rehusó a asistir extrañando a todo mundo y causando una desolación absoluta en la artista cuya obra era el centro de aquella exhibición.
Kathleen Miravál, una delicada y nerviosa chica cuya excentricidad muchas veces superaba la tolerancia del buen gusto ajeno. Lucero había posado para aquella obra, ante Kathleen, la figura de Lucero se mostró noche tras noche en una buhardilla en el East End para servirle a una obra que se había mantenido en secreto, pero para nadie era ajeno el dato de que la artista había viajado a Arkham en varias ocasiones, todos sabían que había visitado las bibliotecas ocultistas de Europa hacia algunos meses, a raíz de lo cual, la razón de Kathleen había ido cayendo en un progresivo declive a la vez que su cuerpo se iba consumiendo como una vela en medio del infierno.
Todo mundo en la Rue Lavoisìn había visto la doliente silueta flaca y ominosa de Kat, yo llegué a conocerla ya que solía ser uno de los asesores que le asignaron al estudiar griego. Tenía un genio particular, a veces me daba la impresión tétrica de que su inteligencia fuera tan aguda y rápida. No sólo eso, tenía un don perceptivo extraño, mediante observaciones cuyo hilo de Ariadna solo ella podía seguir, Kathleen lograba casi adivinar los eventos con un dote casi profético. Pese a eso, su extravagancia, su aspecto descuidado de rojos cabellos pajizos y en punta, su andar algo encorvada, las ojeras que sempiternamente adornaban cual marcos sus enrojecidos ojos verdes, su voz baja y lenta, la hacían un paria incluso entre las subculturas tan variadas que rondaban la Cittè.
 Además estaba el detalle de sus otras extravagancias, aunque de ellas me ocuparé después.
Aquella terrible noche los ánimos estaban caldeados, muchos artistas, feroces contra la enferma silueta de Kathleen despotricaban en contra del comité de arte de Dunkelheim, muchos de aquellos feroces sabuesos incluso cuestionaban la sanidad mental de dicho comité.
Pero, sin duda, lo que más los espoleaba aquella noche era el hecho de que Kathleen hubiese conseguido para sí a la bella Lucero como modelo para su obra infame.
Y para muchos era claro que algo había ocurrido en aquellos meses durante los cuales Kathleen pintó lo que le dio por llamar su "Opus Magnus".
La odiaban, por ganar el primer sitial en aquella exhibición, por tener para sí, la figura esbelta y morena de Lucero, que en aras del arte le cedía sus sonrosados labios de cereza, sus negros cabellos lacios, sus ojos color miel... La odiaban porque sospechaban que algo habría ocurrido en la sórdida y anónima buhardilla que habría usado Kathleen como estudio.
Algo había ocurrido y agriado el carácter de la diva que ahora se negaba a dar citas, a asistir a eventos, ni siquiera a salir a la calle. Algo.
Y el secreto en que mantenían aquel lienzo odiado ya de antemano sólo les crispaba más los nervios ya inflamados a aquellos Caravaggios fratricidas.
Como la hora de la develación de la pintura se acercaba, los comentarios iban siendo más osados y airados. No había que esperar un fin agradable a aquel infernal rebullir de ánimos en el que se mezclaban el odio, el despecho, el desprecio y la incertidumbre.
Por fin la hora llegó, Kathleen estaba al borde de una locura horrida, toda la noche había estado musitando insensateces, hablando sola y llamando bajamente a Lucero con tono apasionado y demente. Cuando la hora llegó, Kathleen soltó un discurso bizarro e ininteligible donde aseguraba haber encontrado el modo de trascender hasta los portales ominosos del abismo más terrible... Que dicho viaje no podía realizarse sin pagar el precio asignado primero.
Creo que fue Anton LeClerk, un poeta que había escrito un librillo de sonetos para la bella Lucero quien puso fin a aquello. De impetuosa sangre gascona y con el orgullo herido más allá de lo tolerable, el porta tomó a Kathleen de la holgada camisa sacudiéndola mientras la acusaba de escandalosas libertades con la modelo.
De pronto, en medio de aquella escena tan patética y desagradable cayó el manto.
El lienzo de cuatro por dos y medio quedó expuesto ante todos aquellos ojos expectantes que se llenaron las pupilas con aquellos trazos y líneas de pesadilla hasta el hartazgo.
Tras superar la impresión primera, algunos rechinaron los dientes, algunos de ira, otros más de escalofrío, otros soltaron juramentos de lo más variados, voces de ira se alzaron en medio de exclamaciones de asombro, de maravilla y de asco.
Anton lanzó un chillido feroz y enloquecido que acalló el rumor creciente, los ojos saliéndosele de las cuencas y las mandíbulas crispadas con un hilillo de saliva corriéndole por la barbilla miraba aquel cuadro.
Si, yo también contemplé aquella muestra de grotesquería. Invariablemente era una genialidad, un retrato tan real que daba miedo, pero sus tonos irreales, edificios de extraño diseño de fondo en ciclópeas montañas y cimas de extraño color metálico... Y el motivo central claro que era Lucero Maldeaurore.
Era ella, pero no lo era a la vez. Su bella faz, purulenta, desfigurada, sus ojos... Horridos cuencos hirvientes donde dos acuosas esferas enrojecidas miraban desde el fondo de la insania. Los labios, pútridos e hinchados supuraban un licor mefítico y ominoso, alas negras de viscosa textura enmarcaban aquél ser tan terrible.
No puedo entrar en más detalles, aquel pedazo de tela nunca debió existir en primer término. Los lúgubres detalles están recogidos en el Análisis anual de arte de Dunkelheim.
Aquel lienzo maldito era el que le había robado la felicidad a Lucero, una deidad total fundida con un espanto tan inhumano y tan palpable.
Y antes de que muchos nos diéramos cuenta, una media docena de enloquecidos asistentes se lanzaron contra la artista aún presa del poeta para, sin duda, mostrarle su aprecio por la obra con sus afiladas navajas traídas para tal menester.
Cuatro manchones de un rojo escarlata intenso brillaron como arabescos orientales en la seda de la camisa de Kathleen. La artista no era más que un simple guiñapo en las fauces de fieros perros de caza en los que muchos asistentes se habían transformado.
Pronto, algunos más intervinieron a favor de la pintora intentando auxiliarla, el infierno abrió sus puertas cuando, en medio del frenesí del combate, una de las lámparas de gas cayó incendiando algunos de los lienzos iniciando así un horror de flamas incontenibles que se extendieron en segundos.
El incendio arrasó varias salas matando a una veintena de asistentes que quedaron encerrados en la sala más afectada de todas. Los cuerpos carbonizados fueron todos identificados, pero el cuerpo de Kathleen no fue encontrado en ningún lado de aquél salón humeante del que apenas pude escapar vivo, cierto que fue una tragedia tan sonada que hizo que se reevaluaran los códigos civiles y de la misma Universidad.
De los ciento ochenta sobrevivientes al siniestro, diez fueron enjuiciados y de ellos, sólo tres fueron condenados.
Podría imaginarse esto como el fin de un negro capitulo en la vida tórrida y asquerosa en los arrabales de la Cittè para una paria como lo había sido la infortunada Kathleen Miravál y su extraña obsesión con la soñada Lucero Maldeaurore.
Pero no, el horror aconteció varios meses después. La tormenta inicial había devastado la moral de la comunidad artística de la Cittè sumiendo a sus miembros en una inactividad extraña, era como si, tras aquella noche de sangre y fuego, la animosidad de aquellas personas se fuera desgastando, como si algún bizarro vampiro psíquico se hubiese materializado, invisible e ineludible, para minar sus energías.
Pese a esto, aquellos meses tenebrosos los Cloysters rebullentes de surrealismo se inundaron de la gris bruma citadina, incluso los cielos se mostraban nublados, tomentosos y melancólicos. Poco se cosechó en materia de arte aquel semestre.
Retomé tratos con Lucero, extrañamente, la hermosa modelo iba mejorando en animosidad y semblante, aunque siempre atenta, con el oído tan fino y aguzado que incluso podría asegurar, escuchaba hasta las voces de otros mundos.
Lucero se había repuesto tras la muerte de Kathleen, nadie le echó nada en cara conociendo la horrible y realista caricatura bizarra de la que muchos hablaron.
Hasta un par de semanas antes de que Lucero desapareciera, su buen humor auguraba una pronta vuelta a la vida a la comunidad artística. Por mi parte, flirteaba con una elegante compañera de piso de la bella Lucero mientras ésta era coqueteada por nuevos pretendientes nuevos y capaces de matar por verla sonreír.
Y fue a mí a quien le confesó que, en noches anteriores a su desaparición, había visto pasearse por su habitación una negra silueta, humeante y terrible bajo la luz de las farolas de la calle.
Me contó el misterio tras su extraño contacto tan brutal con Kathleen.
Resultaba que Kathleen había sido la segunda de dos hermanos, su hermano mayor, Steffan Miravál había sido un pobre dibujante que nunca llegó a entrar a la universidad, aunque sí vivía en la Cittè soñando entrar en ella. Por aquél entonces, la creciente fama de Lucero había llegado hasta oídos de Steffan quien, invariablemente, quedó prendido del recuerdo de la hermosa musa.
Pero, como uno de los requisitos para poder aspirar a la compañía de la bella ninfa era talento y dinero, el pobre chico nunca vio su sueño de inmortalizar de pluma y trazo la silueta de su amada, terminó colgándose en su sórdido cuartucho de arrabal.
Comencé entonces una pesquisa personal siguiendo el rastro a mi antigua conocida comenzando por el abuhardillado estudio donde aquél cuadro viniese a existir más allá de la mente torturada de Kath.
Conseguí mediante unas cuantas monedas ser introducido en aquél lugar tétrico y frío.
Sorprendido me enteré de que aquel antro lúgubre había sido el escenario donde Steffan habíase quitado la vida. Aquél lugar terrible había sido alquilado por Kathleen precisamente por aquél detalle, sólo los dioses saben qué energías más nocivas pudo absorber la torturada artista, sólo los sonrientes demonios interdimensonales saben de sus indagaciones, de sus experimentos, de sus diseños rayanos entre la brujería más obscura y la ciencia más futurista y osada.
Temblé al imaginar las teorías revolucionarias que aquella extraña y solitaria visionaria habría descubierto sumida en el dolor de la pérdida de un amado hermano, su único aliado en un mundo que nunca la comprendería. En verdad que aquello comenzaba a enfermarme.
En aquél recinto lleno de telarañas y polvo encontré libros, notas, bosquejos, diagramas, hojas manuscritas en alfabetos olvidados, todos los elementos de una búsqueda sombría.
Requisé aquellos papeles para su estudio y archivamiento en la biblioteca de la sorecerié a la que pertenezco, dichos documentos están actualmente bajo escrutinio de los eruditos. Y también encontré una nota, una simple nota con una fecha y un lugar.
Barrow Road, 30 abr.
La Barrow Road era un camino que atravesaba la colina de Barrow Hill que estaba en las afueras de la Cittè, un camino pedregoso y casi abandonado lleno de accidentadas veredas y estrechas sendas.
La fecha era un misterio, aquel día que entré en el estudio abuhardillado era veintiocho de abril, la nota sugería una diferencia de dos días y el papel no parecía haber sido escrito un par de días atrás.
Le pregunté a la dueña de si alguien había sido admitido en el lugar. No, nadie a excepción mía, además, en todo caso, nadie salvo Lucero sabía de aquél sitio y menos aún que yo iría.
Decidí visitarla al día siguiente para revisar su caligrafía y compararla con la de la nota, no quería ponerla nerviosa con sólo mis locas hipótesis.
Mientras tanto, el clima en la Cittè se iba sumiendo en un sombrío marasmo de obscura expectación.
Ojalá jamás hubiese ido a visitar a Lucero con aquél papel infame en mis bolsillos, quizás ella no hubiese desaparecido de éste mundo, porque, de eso estoy bien seguro, Lucero ya no es parte de éste mundo, aunque muchos aseguran haberla visto en Francia en tal pasarela, o de haber hablado con ella en Forlì, Italia, o del brazo de un galante efebo en Colonia, yo sé que aquello es tan imposible, como sé que muchos juzgarían imposible el final demente de ésta serie de desgracias.
Asistí a visitarla temprano para salir de dudas con respecto al texto.
No, no era su letra, ni de lejos era su estilo, la mano de Lucero era elegante pero firme, soberbia y altanera. La del papel era apenas lo bastante legible por la suavidad en su trazo.
Tampoco era la letra de Kathleen, yo conocía su letra, era su asesor en griego a fin de cuentas.
Salí hacia las cinco de la tarde de los aposentos de Lucero y, en el camino a casa en un taxi barato llegué a la conclusión de ir al sitio indicado en la nota, Barrow Road, en el lejano sur casi en las afueras, un terreno duro para la vida, un paso más para alpinistas lleno de sendas tortuosas, aunque no por ello inaccesible y que desembocaba en la senda hacia Forgesville el condado vecino a Dunkelhill.
Decidí ir a casa a cambiarme de ropa para el viaje, a las ocho salí hacia el camino, era la noche del veintinueve de abril. La brisa fresca traía olor a lluvia pese a que las estrellas brillaban con intensidad en el cielo resplandeciente.
Caminé por la senda y, al internarme en el camino real, sentí que era seguido, me giré descubriendo, bajo las estrellas de abril y en medio del camino, la silueta de Lucero Maldeaurore.
La modelo había ido a aquél lugar impelida por un aviso tan raro como inevitable, había Sido llamada en sueños por una voz, una voz suave y persuasiva. Y aquella tarde había encontrado un papel, un papel con la inconfundible caligrafía conocida de Steffan Miravál. Pálido me le quedé mirando, antes de que pudiera decirle nada, algo prodigioso y terrible aconteció ante Lucero y yo.
De entre los pedregosos riscos brotó una inexplicable fosforescencia violeta que iluminó nuestras faces en destellos sangrientos, tiñéndonos la cara de una enfermedad extraña y deformante.
Lucero gritó, su grito, lo sé, reverberó en los siete vértices del continuum conocido cuando, ante nosotros apareció una monstruosa bestia carbonizada de ojos resplandecientes que sonreía con una sonrisa de esqueleto ennegrecida por las llamas del fuego de la Rue Lavoisìn, aquella momia carbonizada era el cadáver viviente de Kathleen que se reía de nosotros.
Y Lucero gritó hasta quedarse afónica, yo me paralicé, todos los estudios realizados no me habían inmunizado contra aquél espectáculo terrorífico y ultraterreno.
El negro esqueleto caminó hasta nosotros, olisqueando el aire con parsimonia animal, saboreando el olor a miedo de Lucero y mío, y fue tras ella quien fue aquella sombra. Hechizada y afónica, la diva, bloqueada por el horror fue tomada por la espalda por el engendro aquél que la aferró con furia y dominio, sonriendo y castañeando los dientes, mirándome con aquellos ojos brillantes y sangrientos, comprendí que algo murmuraba aunque no podía oírlo.
Nunca olvidaré la expresión de Lucero y la mirada de su rostro cuando las zarpas del ser se le hundieron en el pecho resplandeciendo con destellos ígneos, la modelo alzó el rostro en un grito mudo aferrando aquellas garras tratando inútilmente de luchar contra su atacante tardíamente.
El brillo ígneo aumentaba, un brillo abrasivo, ardiente, de fuego.
Y, ante mis ojos, Kathleen y Lucero se encendieron en una hoguera gigantesca de enormes flamas que danzaban enloquecidas al compás de su vals de pesadilla.
Una explosión de brillo me deslumbró a la vez que una onda expansiva me lanzaba contra las rocas del camino, los oídos me zumbaron por el golpe de sonido, me perdí en la negrura de la inconciencia, o eso supuse, abrí los ojos y observé un haz luminoso que ascendía tortuosamente en ángulos horribles hacia un punto del cielo, un brillo lejano parpadeó en ese pinto entre la Hidra y el Navío Argos y supe que Lucero, haciendo honor a su nombre, había ascendido a los cielos a ocupar su lugar entre las estrellas del firmamento. Perdí el conocimiento mirando aquella estrella refulgir y después apagarse para siempre.
Recuperé la conciencia un par de días después en el hospital Liebermann de Dunkelhill. Me habían encontrado desmayado al pie de un risco en el Barrow Road con muchas contusiones producto de una caída. Afirmé haber ido a contemplar algún evento astrológico y haber sufrido un infortunado accidente, me creyeron dado que dicha noche, desde e observatorio pudieron observar un fenómeno peculiar asociado con cierto punto de mapa celeste.
Meses de lento reponerme tanto física como nerviosamente me permiten hablar con parquedad de éstos hechos escalofriantes e increíbles. La sociedad bohemia no tardó en reemplazar a la diva por otra y en la actualidad, el nombre de Lucero Madeurore es recordado como el de una de las más cultas y bellas damas graduadas de la universidad Dunkelheim, sin saber la verdad.
Por su compañera supe que en días anteriores había descubierto a Lucero hablando con el aire murmurando el nombre del suicida y de la pintora asesinada. Aseguró haber hallado negras manchas de hollín y ceniza en muebles y piso de su estancia y también que Lucero mostraba una actitud expectante, lo que me hizo temblar los nervios fue el detalle del que me habló al final, al parecer, la diva habíase decidido a realizar un viaje prolongado, un viaje al estrellato en sus propias palabras, ignoraba cómo, pero Lucero aseguraba que una voluntad o conciencia sombría le susurraba en sueños que su destino era ocupar un sitio en el firmamento, en lo más alto e inalcanzable de la eternidad...


Fin

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