viernes, 3 de julio de 2015

La Tierra donde no Vivía Nadie - Cuento

La Tierra Donde No Vivía Nadie
Original de Baal Fausto Aramizaél Kurioz
Franco Misaél Sánchez Díaz


Dedicado Cariñosamente a Laudáno y el equipo de Noviembre Nocturno
Por su labor en pro de las letras y el arte subterráneo.

Larga vida a la Fantasía


“El olor a humo ácido y aliento del caballo
Me acerco a una muerte segura”

Harris

I



         Aun recuerdo el por qué demonios quise pasar por aquel pueblo maldito, aun recuerdo como llegué después de lo que me parecieron años enteros... recuerdo el día, la hora, la fecha... y el motivo...
         Recorría la República montado en mi Iron Horse 78, clásica motocicleta de Harley Davidson, me podrás imaginar en aquellos años salvajes, chaqueta de piel, Jeans ajustados de mezclilla roída azul, mi melena al aire, botas de corte militar, playera negra con el logo de mi grupo favorito... Iron Maiden... por cierto, Walkman al cinto escuchando repetitivamente el disco mas actual de mi banda, The Number of the Beast...
         Me detuve a cargar gasolina en una abandonada autopista de Jalisco, el año, bueno, ya que insistes era 1984, si, hace algunos ayeres, me encendí un cigarrillo sin filtro cuando entré a la tienda que estaba junto a la gasolinera mientras llenaban el tanque de mi bebé, al parecer, era demasiado rural aquella autopista, aunque pensándolo bien, la republica en general era demasiado rural en aquel año... estoy hablando de provincia... mientras observaba un escaparate de cassettes y decidía entre comprar un simple sándwich “para llevar” o preguntar por algún “restaurante” en las cercanías, contemplé a un par de arrieros que se bebían unas lulús dentro de la sombra que proyectaba la tienda.
         –Pos si, Melitón decedió pasar por Tecolotlán... el muy baboso se creé que Diosito no estaba mirando la tarugada que hacia de pasar por aquel pueblo que su mercé maldijo hacia tantos añales...
         –Pobre Melitón, mesmito ayer me estaba acordando de’l, ¿Crees que vuelva?
         –Sólo el de arriba lo sabe si le da mercé o no...
         Miré divertido la conversación, aunque una parte de mi me picó la cresta de ir y preguntarles donde estaba el mentado Tecolotlán ese... nada mas por pura curiosidad morbosa...
         –Disculpen, ¿Podrían decirme donde esta el pueblo más próximo? –Decidí meterme de golpe en la plática.
         Uno de ellos me miró con cierto recelo, al parecer no le latió mi forma de vestir, de hablar o quizás solo no le caían bien los “De la ciudá” como nos llamaban por ahí.
         –Pos verá usted... –Dijo el que menos importancia prestó a mi indumentaria. –Allá detracito de esas lomas pelonas, por onde se alcanza a ver la manchita de carretera, está el pueblo de San Jacinto de los Laureles, ahí puedes tú encontrar fondas y casas de huéspedes, de a tostón la noche, queda como a cuatro horas de aquí en “astromovil”, si te vas caminando pué que un poquito más... –Y pegó la carcajada la cual yo correspondí con una sonrisa – ese es el mas cercano...
         –Por allá –Dije. –Alcanzo a ver unas casas... ¿Ese no es un pueblo?
         Los dos arrieros se persignaron. Pareciese que los bueyes que llevaban cargados de leña también comprendieron lo que había dicho pues comenzaron a incomodarse, uno de los arrieros (el más hosco) salió para calmar a las bestias, mientras el otro con gesto más de conmiseración que de reproche me dijo temblorosamente.
         –Su mercé por dios que no quere pasar una noche en ese lugar maldito de Dios... no quere... ese lugar se nombra (O se nombraba) Tecolotlán, y nadie ha pasado una noche allí a menos que quera amanecer bien tirante...
         –¿Tirante?
         –Dejunto, pues...
         –Ah, ya, ¿Por qué?
         –Pos allí vive el demonche...
         Intuí que se quiso referir al diablo...
         –¿Por qué dice eso? –Dije interesado por la posible ocasión de escuchar un buen relato relacionado con el pasado de México... a pesar de todo, me encantan los relatos de terror relacionados con leyendas arrieras y de pueblitos fantasmas, me apasionaba demasiado poder ver, oír una de primera voz, y por fin encontraba un verdadero pueblo encantado, el cual podía ver en el horizonte.
         Yo no me caracterizo por ser de mentalidad demasiado fantasiosa, no, pero a pesar de que no creía una palabra, no podía dejar de advertir que una extraña sombra se posaba sobre el pueblo, una sombra indefinida, como la de una nube pasajera, aunque, claro, el cielo estaba despejado y azul...
         –Es un relato triste, joven... y usté tendrá prisa...
         –No... Sólo déjeme ir por mi bebé a la gasolinera y estaré con usted... claro, si no interrumpo demasiado...
         –Vaya su mercé... aquí le’spero, sólo le contaré la historia con una condición...
         –¿Cuál?
         –Que no vaya a pasar por allí más que de rápido... que no se detenga por nada hasta haber llegado a San Jacinto...
         Sonreí de la candidez de aquella gente tan simple.
         –Ok...
         Cuando regresé montado en mi motocicleta, los dos arrieros estaban sentados uno junto al otro en una banca dentro de la tienda, yo sólo acomodé mi moto frente a la banca y me acomodé lo mejor que pude para escucharles.
         –Güeno... su mercé disculpará las apuraciones para contarle, así que...
         ... Y dio comienzo al siguiente relato.



II



         A mi entender, la idea fue la siguiente, hace muchísimos años, en ese pueblo llamado Tecolotlán, había muchos habitantes, habitantes buenos, habiendo de todo, desde agricultores, ejidatarios, ganaderos, en fin, todo tipo de gente que llena un pueblo decente.
         Y como en todo, había una iglesia, la Iglesia Mayor de Tecolotlán, por lo que pude intuir, ese lugar debió haber sido importante en sus años, pues supuestamente hacían peregrinaciones desde lugares muy remotos para venerar al santo de ahí, el santo Señor del Sepulcro...
         Según me comentó el arriero, el Señor del Sepulcro era una imagen demasiado milagrosa, se le llegaba a atribuir el don hasta de resucitar muertos... según se cuenta, nadie le había pedido ese favor, ya que la gente creía que cuando Dios mandaba traer a uno, era porque así era, no se debía cuestionar, ni retar, ni mucho menos impedir dicho viaje...
         Ah, pero como en todo el mundo, hubo uno que intentó, que intentó realizarlo...
         El difunto Remigio García y Torrado...
         Según la historia, ese sujeto junto con su compadre, Heriberto Rico Salgado, hicieron un trato, un trato demasiado morboso que se me antojó emular a mi llegada al DF con mi compañero de juerga Martín.
         Ese trato era el siguiente: “Cuando uno de los dos muera... regresará a este mundo para contarle al otro como es el otro mundo” el trato fue firmado con sangre en la Noche de San Juan frente a un mítico Ahuehuéte que aún perdura...
         Y como era de esperarse, la muerte llegó como cosechador nocturno en medio de la negrura inmemorial de la Noche Sin Fin... el que se fue primero fue Heriberto...
         Remigio esperó poco que su compadre regresara del mundo sepulcral a visitarlo... claro... que poco tiempo siempre es demasiado para una espera tan ansiosa como la que vivía nuestro héroe.
         Acosado sin parar día y noche, no podía ni probar bocado a gusto, en ningún lugar podía estar en paz sin sentir que una mirada torva se posaba sobre él... claro... era la mirada recelosa de la muerte...
         Y al tercer día... ocurrió...
         Unos arañazos en la enorme finca del terrateniente despertaron a toda la servidumbre que el desdichado viejo tenia como toda su compañía, unos gritos infernales que al parecer provenían de las mismas entrañas del infierno... y el viento soplaba con fuerza...
         –He regresado... he venido a platicarle como está el asunto por allá en el infierno que es a donde nos iremos, compadre, abra la puerta... he venido pa’ platicarle... y lueguito mismo me lo llevo conmigo!!!
         El viejo aterrado atrancó la puerta de su cuarto a piedra y lodo, los desdichados criados salieron a ver quien era... y jamás... jamás fueron vueltos a ver...
         La voz infernal se acalló cuando dos muchachos arrieros comenzaron a gritar y a orar a grito en cuello, al momento que la voz de ellos se perdía en la negrura del silencio, una carcajada famélica se dejó oír por todo el pueblo.
         Al día siguiente, el asustado Remigio se dirigió a la capilla principal para rogarle al Señor del Sepulcro que regresara a Heriberto al susodicho (irónico, ¿cierto?) y que el hechizo lanzado en la noche de San Juan no surtiera más efecto...
         El cura lo escuchó atento cuando Remigio le contaba lo del pacto.
         –No hay mucho que hacer, hijo mío... sólo confiar en el Señor... encomiéndate a su divina gracia y todo irá bien...
         Y así lo hizo, pasaron tres noches cuando escuchó nuevamente los arañazos en la puerta... los gritos...
         –Ora si no se salva, Sal ya Compadre, te voy a llevar aunque me tome toda la pinche eternidá...
         Poco a poco Remigio se dio cuenta de algo, Heriberto no podía entrar a su casa... por algún motivo no podía entrar... ¿Cuál seria ese motivo?
         Pensó, intentó pensar, pero los gritos de afuera no lo dejaban...
         Unos pasos resonaron en la calle...
         Luego una voz de hombre que lanzaba una expresión de sorpresa.
         La misma voz en un grito de terror...
         ... Y el silencio...
         Heriberto venia a este mundo por almas... no era necesario que fuese la que él venía a buscar... solo un alma, cobrando un alma por noche... sería suficiente... pero lo que él esperaba para liberarse del maleficio era llevarse el alma de Remigio...
         Remigio al día siguiente salió de la casa para descubrir que aquello que evitaba que Heriberto entrara en su hogar era una cruz levantada sobre el arco de la entrada a la finca, la Santa Cruz de Caravaca.
         No tenia idea yo de lo que seria esa cruz ni qué propiedades, sólo intuí que sería un poderoso talismán contra dicho espectro, por labios del arriero supe que era un efectivo protector contra el mal.
         Mandó hacerse una cruz de Caravaca en plata pura para llevarla siempre al cuello, así, transcurrió el tiempo, durante el cual, la población fue diezmada por lo que algunos estudiosos venidos de la capital llamarían como “La plaga de los mil días”.
         Nótese que fue en ese lapso de tiempo en el cual la población de ser numerosa decreció dramáticamente, hasta que el cansado terrateniente decidió largarse con rumbo desconocido, los que quedaron poco a poco se fueron de ese lugar maldito.
         Y se dice que el alma en pena de Heriberto aun sigue buscando a Remigio por las calles vacías, oscuras y malditas de Tecolotlán, gritando maldiciones y llevándose al infierno a cuanta alma puede...
         Ahí terminó el relato, los viejos arrieros se levantaron y tomando a sus animales echaron a andar en dirección contraria a donde quedaba aquel pueblo del infierno.

         Obviamente quedé muy impresionado por el relato, (no de miedo, debo confesarlo) quería experimentar el terror en su estado más puro, así que arrancando mi Iron Horse eché carrera hacia donde me dijeron que quedaba Tecolotlán.



III



         Cuando llegué a una plazuela oscura, fría y desierta, tuve la certeza de que estaba en ese pueblo maldito del que recién había escuchado la historia, me extrañaba que en efecto no hubiera ni una sola alma, ni la de un perro.
         Pero llevaba mis Walkman, mi moto y mi cajetilla de cigarrillos “especiales” y la mejor arma de todas... mi falta de miedo...
         Quedaba aun luz de día cuando llegué, intenté imaginarme el pueblo en sus mejores días, lleno de gente, de ese olor a día de mercado en provincia, ha, hubiera sido hermoso pasearme en dicho pueblo en un día mejor que ese...
         En fin, ese día había ido para ver a un alma que posiblemente de verme y yo de verla, me llevaría derechito pa’l infierno utilizando las palabras que había oído de aquellos arrieros.
         Como tenia físico ejercitado, escalé en uno de los faroles para checar si aun tenia petróleo, sorprendentemente sí, utilizando mi encendedor logré prender unos cuantos para poder iluminarme bien durante la noche, después me arrepentiría de hacerlo.
         Estaba recostado sobre mi moto, miré mi reloj de pulsera, eran casi las once de la noche y no había ningún espectro salido del infierno, una hermosa luna llena me miraba desde el cielo, prendí uno de mis cigarrillos, cuando lo terminara, dormiría...
         La moto estaba aparcada en lo que supuse era la plaza principal, yo estaba recostado sobre ella, cuando tiré la colilla de mi cigarro me recosté para dormitar hasta que el sol saliera, los faroles brillaban bien a pesar de los años que llevarían sin ser encendidos, hasta que escuché aquellos sonidos infernales...
         No, no escuché gritos infernales, como lo decía la leyenda, eran otra clase de sonidos, como pasos, pasos tímidos de ser oídos, pero pasos a fin de cuentas...
         Miré en torno a mi, me quité las gafas que llevaba puestas, y me quedé absorto mirando, los pasos giraban en torno a mi, bajo la luz de la luna pude ver siluetas, siluetas fantasmales de mujeres de años olvidados, las cuales llevaban al hombro pesados cantaros de barro para llevar agua, una imagen como esta por lo general no infunde miedo, pero me lo infundió, puesto que cuando una de aquellas criaturas pasó cerca de la luz de uno de los faroles que encendí, pudo hacerme notar un vestido largo, negro y carcomido por los años, una mano esquelética (en todo el sentido de la palabra) jaló aquel pedazo de tela que se había ido hacia la luz, los ojos de aquellos seres, ¡¡Dios!! Eran al parecer cuencas vacías únicamente llenas de un extraño fulgor rojo...
         Mirando más despacio y aterrorizadamente, noté varias siluetas de hombres jalando caballos cadavéricos, por la poca luz sólo pude notar que algunos de aquellos arrieros de ultratumba eran esqueletos, otros al parecer cadáveres en pleno proceso de putrefacción, fue entonces quizás cuando lancé el primer alarido de terror de toda mi vida...
         Quise subirme a mi moto, quise arrancar a toda carrera y escapar... a toda prisa... a donde fuera... a cualquier parte lejos de aquella pesadilla... pero no podía... mis manos y pies estaban acalambrados por el terror más puro...
         Fue cuando sentí una mano tocándome el hombro.
         Lancé un chillido y con todas mis fuerzas lancé un codazo contra quien me había tocado, un gemido ahogado me convenció de que fuera quien fuera había sentido mi golpe...
         Me giré y no era uno de aquellos seres de pasarela de horror.
         Era un hombre, pequeño, rechoncho, por su facha un arriero común.
         Con voz ahogada por el miedo y el dolor el sujeto comenzó a balbucir...
        –Vine porque hay luz aquí... ellos no les gusta la luz... pero por su madrecita santa, joven, ¡¡Dígame que usté no es una mala figuración!! ¡¡¡Dígame que usté es de este mundo y no del otro!!!
         De inmediato recordé el nombre que los arrieros dijeran a mediodía, antes de que yo los interrumpiera.
         –¿Es usted Melitón?
         –Sí, señor... así mesmo me llamo... por favor... dígame usté que no es un espanto...
         –No, no lo soy... por desgracia no...
         –¡¡Bendito sea el señor de Tula!! ¡¡Vamonos de aquí, señor!!
         –Sí... pero... ¿Por donde?
         –Pa’ onde sea...
         –Está bien, Melitón, súbete... nos vamos de este infierno.
         Me gustó sentir otra alma viviente cerca de mí, como dicen por ahí, el miedo se reparte cuando hay más de uno. Tuve el valor de encender el motor de mi moto, el aterrado arriero se trepó como pudo y echamos a correr como alma que lleva el diablo.
         Cuando atropellé a una de aquellas figuras femeninas noté que soltaba el cántaro de barro que llevaba y que de él salía una bandada de murciélagos que comenzaron a volar tras la moto.
         –Agárrate fuerte... voy a meterle tercera...
         Y no escuché lo que dijo, sólo meneó la cabeza en forma afirmativa, el acelerador rugió como tigre a punto de atacar y el motor nos lanzó a 105 km/h.
         Fue cuando escuché el grito de Melitón, lo sentí soltarse de mis espaldas y supuse que se había caído de la moto... su grito fue largo, pero no chocó contra el piso como yo esperaba, sino que se remontó hacia arriba, como si lo hubiera jalado una mano poderosa hacia el cielo estrellado de aquella noche de pesadilla.
         No quise voltear... sólo quise meterle más velocidad a la moto.
         –Vamos, perrísima, no me dejes... dale más, nena, dale mas... –Decía entre dientes.
         Y como si me entendiera la velocidad subía, pero una sensación terrible se acercaba a mí, sentía que algo corría a mis espaldas, y a pesar de que iba a una considerable velocidad lo sentía pegado al escape de la moto...
         Sentí un terrible empujón en mi espalda, la moto se levantó haciendo un caballo de acero sin yo quererlo, intenté meter el freno, pero la excesiva velocidad me lo impidió de golpe... poco a poco la llanta delantera comenzó a caer, y yo caí con ella.
         Motocicleta y jinete fuimos a dar al piso enzacatado, unos raspones por aquí y uno que otro golpe por allá sorprendentemente, pero nada más... la experiencia de muchas caídas me había hecho sobrevivir en esa ocasión, pero preferí haber muerto luego de ver que mi perseguidor era un ente infernal que se acercaba a pasos tranquilos, un par de alas como de murciélago se plegaron y se pegaron a su cuerpo, unos ojos rojos y cabello enmarañado señalaban al ser de pesadilla que me había tirado de la moto.
         –Al fin... hijo de puerca... al fin te vuelvo a encontrar... setenta años... setenta años estuve esperando que volvieras... y por fin volvistes... nomás pa’ conocer tu destino... –Dijo la voz sepulcral de aquel ser.
         –Y-yo no sé de qué me está hablando... y-yo no lo conozco... soy de fuera... d-del DF...
         –No... Tu eres el rastrero de mi compadre Remigio... volviste... con otro cuerpo, con otra cara, pero la misma alma perdida que tenias en tu otra vida...
         –N-no... Me llamo Leonardo... Leonardo Jiménez...
         –Tal vez ahora así te nombres... pero tu alma tiene otro nombre tatuado... el de Remigio García y Torrado... y orita mismito te voy a llevar a tu morada eterna... EL INFIERNO...
         El ente me tomó por el cuello de la chaqueta y de un tirón la rasgó junto con mi camiseta mostrando mi pecho desnudo a la luz de la luna, cuando un resplandor brotó de mi pecho, el ser retrocedió cubriéndose los ojos.
         –Maldito perro... ni en tu otra vida dejaste de usar ese méndigo talismán... –Dijo Horrorizado.
         Llevé las manos a mi pecho y toqué la cruz que llevaba al pecho, la cruz roquera que mi novia me había regalado cuando cumplimos 6 meses de novios, la llevaba puesta porque según ella era la cruz que representaba la vida roquera, libre y despreocupada.
         Ahora conocía bien aquella cruz, era la Santa Cruz de Caravaca... supe entonces que no había sido la casualidad la que me había llevado hasta ese lugar, así como no había sido la casualidad la que me había hecho portar aquella cruz que yo suponía símbolo de rebeldía, ahora lo sabia todo...
         Sin dar tiempo de que se recuperara, corrí hacia donde estaba la motocicleta y haciendo sobrehumano esfuerzo logré hacerla arrancar, dejando una polvareda en aquel lugar infernal me lancé casi volando lejos de aquella pesadilla.
         A mis espaldas oía los gritos de aquel ser que se había quedado con las ganas de llevarme...



IV



         A eso de las cuatro de la mañana llegué a San Jacinto, un policía de guardia me encontró tendido sobre la moto intentando hacerla arrancar, el mismo notó que el tanque estaba vacío... y que yo a pesar de todo continuaba balbuceando con lágrimas en los ojos y el rostro desencajado por el terror.
         –Vamos, nena, no me dejes, arranca, ¿No ves que viene atrás de nosotros? ¿No ves que me quiere llevar?
         Me llevaron a la delegación, luego fui revisado por un médico que me diagnosticó principios de hipotermia y alteración nerviosa, la gente de ese pueblo fue muy buena conmigo, les relaté lo que había vivido y me compadecieron, me dejaron una habitación en la mejor pensión que tenía y todos los días tenia caldo de pollo en la comida y chocolate caliente en la merienda, lo admito, nunca conocí mejor gente que en ese pueblecito pintoresco...
         Regreso cada año a vacacionar a dicho pueblo, los que me conocen me quieren y me respetan al igual que yo a ellos... aun tengo a mi bebé, la arreglé pues estaba muy maltratada después de esa pesadilla, y la cruz de Caravaca... bueno... creo que aun puedes mirarla en mi pecho... por si las moscas también me la tatué en la espalda, aunque tiemblo de sólo recordar aquel pueblo encajado en la sierra muerta llamado Tecolotlán... el pueblo del Infierno...
         Asocio entre paréntesis mi experiencia vivida con una rola de mi grupo favorito, la rola The Throoper... en la cual hay una parte que dice: “El olor a humo ácido y aliento del caballo. Me acerco a una muerte segura” creo que debí ponerle atención... y creo que nunca debí haberme ido a parar a semejante lugar de pesadilla... Tecolotlán aun existe y sigue abandonado...
         Cuando en la empresa constructora en la que trabajo como ingeniero civil me dijeron que me diera una vuelta por allá (puesto que queda cerca de donde voy a vacacionar) creo que no pude evitar la sensación de mandarlos al diablo, pero riendo nerviosamente tuve que admitir que no podía porque era un lugar inapto para ser habitado por nadie (que no sean los espectros, claro está).



Fin


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