La Tierra Donde No Vivía Nadie
Original de Baal Fausto
Aramizaél Kurioz
Franco Misaél Sánchez Díaz
Dedicado Cariñosamente
a Laudáno y el equipo de Noviembre Nocturno
Por su labor en pro de
las letras y el arte subterráneo.
Larga vida a la
Fantasía
“El olor a humo ácido y aliento del caballo
Me acerco a una muerte segura”
Harris
I
Aun recuerdo el por qué demonios quise
pasar por aquel pueblo maldito, aun recuerdo como llegué después de lo que me
parecieron años enteros... recuerdo el día, la hora, la fecha... y el motivo...
Recorría la República montado en mi
Iron Horse 78, clásica motocicleta de Harley Davidson, me podrás imaginar en
aquellos años salvajes, chaqueta de piel, Jeans ajustados de mezclilla roída
azul, mi melena al aire, botas de corte militar, playera negra con el logo de
mi grupo favorito... Iron Maiden... por cierto, Walkman al cinto escuchando
repetitivamente el disco mas actual de mi banda, The Number of the Beast...
Me detuve a cargar gasolina en una
abandonada autopista de Jalisco, el año, bueno, ya que insistes era 1984, si,
hace algunos ayeres, me encendí un cigarrillo sin filtro cuando entré a la
tienda que estaba junto a la gasolinera mientras llenaban el tanque de mi bebé,
al parecer, era demasiado rural aquella autopista, aunque pensándolo bien, la
republica en general era demasiado rural en aquel año... estoy hablando de
provincia... mientras observaba un escaparate de cassettes y decidía entre
comprar un simple sándwich “para llevar” o preguntar por algún “restaurante” en
las cercanías, contemplé a un par de arrieros que se bebían unas lulús dentro
de la sombra que proyectaba la tienda.
–Pos si, Melitón decedió pasar por
Tecolotlán... el muy baboso se creé que Diosito no estaba mirando la tarugada
que hacia de pasar por aquel pueblo que su mercé maldijo hacia tantos añales...
–Pobre Melitón, mesmito ayer me estaba
acordando de’l, ¿Crees que vuelva?
–Sólo el de arriba lo sabe si le da
mercé o no...
Miré divertido la conversación, aunque
una parte de mi me picó la cresta de ir y preguntarles donde estaba el mentado
Tecolotlán ese... nada mas por pura curiosidad morbosa...
–Disculpen, ¿Podrían decirme donde esta
el pueblo más próximo? –Decidí meterme de golpe en la plática.
Uno de ellos me miró con cierto recelo,
al parecer no le latió mi forma de vestir, de hablar o quizás solo no le caían
bien los “De la ciudá” como nos llamaban por ahí.
–Pos verá usted... –Dijo el que menos
importancia prestó a mi indumentaria. –Allá detracito de esas lomas pelonas,
por onde se alcanza a ver la manchita de carretera, está el pueblo de San
Jacinto de los Laureles, ahí puedes tú encontrar fondas y casas de huéspedes,
de a tostón la noche, queda como a cuatro horas de aquí en “astromovil”, si te
vas caminando pué que un poquito más... –Y pegó la carcajada la cual yo
correspondí con una sonrisa – ese es el mas cercano...
–Por allá –Dije. –Alcanzo a ver unas
casas... ¿Ese no es un pueblo?
Los dos arrieros se persignaron.
Pareciese que los bueyes que llevaban cargados de leña también comprendieron lo
que había dicho pues comenzaron a incomodarse, uno de los arrieros (el más
hosco) salió para calmar a las bestias, mientras el otro con gesto más de
conmiseración que de reproche me dijo temblorosamente.
–Su mercé por dios que no quere pasar
una noche en ese lugar maldito de Dios... no quere... ese lugar se nombra (O se
nombraba) Tecolotlán, y nadie ha pasado una noche allí a menos que quera
amanecer bien tirante...
–¿Tirante?
–Dejunto, pues...
–Ah, ya, ¿Por qué?
–Pos allí vive el demonche...
Intuí que se quiso referir al diablo...
–¿Por qué dice eso? –Dije interesado
por la posible ocasión de escuchar un buen relato relacionado con el pasado de
México... a pesar de todo, me encantan los relatos de terror relacionados con
leyendas arrieras y de pueblitos fantasmas, me apasionaba demasiado poder ver,
oír una de primera voz, y por fin encontraba un verdadero pueblo encantado, el
cual podía ver en el horizonte.
Yo no me caracterizo por ser de
mentalidad demasiado fantasiosa, no, pero a pesar de que no creía una palabra,
no podía dejar de advertir que una extraña sombra se posaba sobre el pueblo,
una sombra indefinida, como la de una nube pasajera, aunque, claro, el cielo
estaba despejado y azul...
–Es un relato triste, joven... y usté
tendrá prisa...
–No... Sólo déjeme ir por mi bebé a la
gasolinera y estaré con usted... claro, si no interrumpo demasiado...
–Vaya su mercé... aquí le’spero, sólo
le contaré la historia con una condición...
–¿Cuál?
–Que no vaya a pasar por allí más que
de rápido... que no se detenga por nada hasta haber llegado a San Jacinto...
Sonreí de la candidez de aquella gente
tan simple.
–Ok...
Cuando regresé montado en mi
motocicleta, los dos arrieros estaban sentados uno junto al otro en una banca
dentro de la tienda, yo sólo acomodé mi moto frente a la banca y me acomodé lo
mejor que pude para escucharles.
–Güeno... su mercé disculpará las
apuraciones para contarle, así que...
... Y dio comienzo al siguiente relato.
II
A mi entender, la idea fue la
siguiente, hace muchísimos años, en ese pueblo llamado Tecolotlán, había muchos
habitantes, habitantes buenos, habiendo de todo, desde agricultores,
ejidatarios, ganaderos, en fin, todo tipo de gente que llena un pueblo decente.
Y como en todo, había una iglesia, la Iglesia
Mayor de Tecolotlán, por lo que pude intuir, ese lugar debió haber sido
importante en sus años, pues supuestamente hacían peregrinaciones desde lugares
muy remotos para venerar al santo de ahí, el santo Señor del Sepulcro...
Según me comentó el arriero, el Señor
del Sepulcro era una imagen demasiado milagrosa, se le llegaba a atribuir el
don hasta de resucitar muertos... según se cuenta, nadie le había pedido ese
favor, ya que la gente creía que cuando Dios mandaba traer a uno, era porque
así era, no se debía cuestionar, ni retar, ni mucho menos impedir dicho
viaje...
Ah, pero como en todo el mundo, hubo
uno que intentó, que intentó realizarlo...
El difunto Remigio García y Torrado...
Según la historia, ese sujeto junto con
su compadre, Heriberto Rico Salgado, hicieron un trato, un trato demasiado
morboso que se me antojó emular a mi llegada al DF con mi compañero de juerga
Martín.
Ese trato era el siguiente: “Cuando uno
de los dos muera... regresará a este mundo para contarle al otro como es el otro
mundo” el trato fue firmado con sangre en la Noche de San Juan frente a un
mítico Ahuehuéte que aún perdura...
Y como era de esperarse, la muerte
llegó como cosechador nocturno en medio de la negrura inmemorial de la Noche
Sin Fin... el que se fue primero fue Heriberto...
Remigio esperó poco que su compadre
regresara del mundo sepulcral a visitarlo... claro... que poco tiempo siempre
es demasiado para una espera tan ansiosa como la que vivía nuestro héroe.
Acosado sin parar día y noche, no podía
ni probar bocado a gusto, en ningún lugar podía estar en paz sin sentir que una
mirada torva se posaba sobre él... claro... era la mirada recelosa de la
muerte...
Y al tercer día... ocurrió...
Unos arañazos en la enorme finca del
terrateniente despertaron a toda la servidumbre que el desdichado viejo tenia
como toda su compañía, unos gritos infernales que al parecer provenían de las
mismas entrañas del infierno... y el viento soplaba con fuerza...
–He regresado... he venido a platicarle
como está el asunto por allá en el infierno que es a donde nos iremos,
compadre, abra la puerta... he venido pa’ platicarle... y lueguito mismo me lo llevo conmigo!!!
El viejo aterrado atrancó la puerta de
su cuarto a piedra y lodo, los desdichados criados salieron a ver quien era...
y jamás... jamás fueron vueltos a ver...
La voz infernal se acalló cuando dos
muchachos arrieros comenzaron a gritar y a orar a grito en cuello, al momento
que la voz de ellos se perdía en la negrura del silencio, una carcajada
famélica se dejó oír por todo el pueblo.
Al día siguiente, el asustado Remigio
se dirigió a la capilla principal para rogarle al Señor del Sepulcro que
regresara a Heriberto al susodicho (irónico, ¿cierto?) y que el hechizo lanzado
en la noche de San Juan no surtiera más efecto...
El cura lo escuchó atento cuando
Remigio le contaba lo del pacto.
–No hay mucho que hacer, hijo mío...
sólo confiar en el Señor... encomiéndate a su divina gracia y todo irá bien...
Y así lo hizo, pasaron tres noches
cuando escuchó nuevamente los arañazos en la puerta... los gritos...
–Ora si no se salva, Sal ya Compadre,
te voy a llevar aunque me tome toda la pinche eternidá...
Poco a poco Remigio se dio cuenta de
algo, Heriberto no podía entrar a su casa... por algún motivo no podía entrar...
¿Cuál seria ese motivo?
Pensó, intentó pensar, pero los gritos
de afuera no lo dejaban...
Unos pasos resonaron en la calle...
Luego una voz de hombre que lanzaba una
expresión de sorpresa.
La misma voz en un grito de terror...
... Y el silencio...
Heriberto venia a este mundo por
almas... no era necesario que fuese la que él venía a buscar... solo un alma,
cobrando un alma por noche... sería suficiente... pero lo que él esperaba para
liberarse del maleficio era llevarse el alma de Remigio...
Remigio al día siguiente salió de la
casa para descubrir que aquello que evitaba que Heriberto entrara en su hogar
era una cruz levantada sobre el arco de la entrada a la finca, la Santa Cruz de
Caravaca.
No tenia idea yo de lo que seria esa
cruz ni qué propiedades, sólo intuí que sería un poderoso talismán contra dicho
espectro, por labios del arriero supe que era un efectivo protector contra el
mal.
Mandó hacerse una cruz de Caravaca en
plata pura para llevarla siempre al cuello, así, transcurrió el tiempo, durante
el cual, la población fue diezmada por lo que algunos estudiosos venidos de la
capital llamarían como “La plaga de los mil días”.
Nótese que fue en ese lapso de tiempo
en el cual la población de ser numerosa decreció dramáticamente, hasta que el
cansado terrateniente decidió largarse con rumbo desconocido, los que quedaron
poco a poco se fueron de ese lugar maldito.
Y se dice que el alma en pena de
Heriberto aun sigue buscando a Remigio por las calles vacías, oscuras y
malditas de Tecolotlán, gritando maldiciones y llevándose al infierno a cuanta
alma puede...
Ahí terminó el relato, los viejos
arrieros se levantaron y tomando a sus animales echaron a andar en dirección
contraria a donde quedaba aquel pueblo del infierno.
Obviamente quedé muy impresionado por
el relato, (no de miedo, debo confesarlo) quería experimentar el terror en su
estado más puro, así que arrancando mi Iron Horse eché carrera hacia donde me
dijeron que quedaba Tecolotlán.
III
Cuando llegué a una plazuela oscura,
fría y desierta, tuve la certeza de que estaba en ese pueblo maldito del que
recién había escuchado la historia, me extrañaba que en efecto no hubiera ni
una sola alma, ni la de un perro.
Pero llevaba mis Walkman, mi moto y mi
cajetilla de cigarrillos “especiales” y la mejor arma de todas... mi falta de
miedo...
Quedaba aun luz de día cuando llegué,
intenté imaginarme el pueblo en sus mejores días, lleno de gente, de ese olor a
día de mercado en provincia, ha, hubiera sido hermoso pasearme en dicho pueblo
en un día mejor que ese...
En fin, ese día había ido para ver a un
alma que posiblemente de verme y yo de verla, me llevaría derechito pa’l infierno utilizando las palabras que había oído de
aquellos arrieros.
Como tenia físico ejercitado, escalé en
uno de los faroles para checar si aun tenia petróleo, sorprendentemente sí,
utilizando mi encendedor logré prender unos cuantos para poder iluminarme bien
durante la noche, después me arrepentiría de hacerlo.
Estaba recostado sobre mi moto, miré mi
reloj de pulsera, eran casi las once de la noche y no había ningún espectro
salido del infierno, una hermosa luna llena me miraba desde el cielo, prendí
uno de mis cigarrillos, cuando lo terminara, dormiría...
La moto estaba aparcada en lo que
supuse era la plaza principal, yo estaba recostado sobre ella, cuando tiré la
colilla de mi cigarro me recosté para dormitar hasta que el sol saliera, los
faroles brillaban bien a pesar de los años que llevarían sin ser encendidos, hasta que escuché aquellos sonidos
infernales...
No, no escuché gritos infernales, como
lo decía la leyenda, eran otra clase de sonidos, como pasos, pasos tímidos de
ser oídos, pero pasos a fin de cuentas...
Miré en torno a mi, me quité las gafas
que llevaba puestas, y me quedé absorto mirando, los pasos giraban en torno a
mi, bajo la luz de la luna pude ver siluetas, siluetas fantasmales de mujeres
de años olvidados, las cuales llevaban al hombro pesados cantaros de barro para
llevar agua, una imagen como esta por lo general no infunde miedo, pero me lo infundió,
puesto que cuando una de aquellas criaturas pasó cerca de la luz de uno de los
faroles que encendí, pudo hacerme notar un vestido largo, negro y carcomido por
los años, una mano esquelética (en todo el sentido de la palabra) jaló aquel
pedazo de tela que se había ido hacia la luz, los ojos de aquellos seres,
¡¡Dios!! Eran al parecer cuencas vacías únicamente llenas de un extraño fulgor
rojo...
Mirando más despacio y
aterrorizadamente, noté varias siluetas de hombres jalando caballos
cadavéricos, por la poca luz sólo pude notar que algunos de aquellos arrieros
de ultratumba eran esqueletos, otros al parecer cadáveres en pleno proceso de
putrefacción, fue entonces quizás cuando lancé el primer alarido de terror de
toda mi vida...
Quise subirme a mi moto, quise arrancar
a toda carrera y escapar... a toda prisa... a donde fuera... a cualquier parte
lejos de aquella pesadilla... pero no podía... mis manos y pies estaban
acalambrados por el terror más puro...
Fue cuando sentí una mano tocándome el
hombro.
Lancé un chillido y con todas mis
fuerzas lancé un codazo contra quien me había tocado, un gemido ahogado me
convenció de que fuera quien fuera había sentido mi golpe...
Me giré y no era uno de aquellos seres
de pasarela de horror.
Era un hombre, pequeño, rechoncho, por
su facha un arriero común.
Con voz ahogada por el miedo y el dolor
el sujeto comenzó a balbucir...
–Vine
porque hay luz aquí... ellos no les gusta la luz... pero por su madrecita
santa, joven, ¡¡Dígame que usté no es una mala figuración!! ¡¡¡Dígame que usté es de este mundo y no del
otro!!!
De inmediato recordé el nombre que los
arrieros dijeran a mediodía, antes de que yo los interrumpiera.
–¿Es usted Melitón?
–Sí, señor... así mesmo me llamo... por
favor... dígame usté que no es un espanto...
–No, no lo soy... por desgracia no...
–¡¡Bendito sea el señor de Tula!!
¡¡Vamonos de aquí, señor!!
–Sí... pero... ¿Por donde?
–Pa’ onde sea...
–Está bien, Melitón, súbete... nos
vamos de este infierno.
Me gustó sentir otra alma viviente cerca
de mí, como dicen por ahí, el miedo se reparte cuando hay más de uno. Tuve el
valor de encender el motor de mi moto, el aterrado arriero se trepó como pudo y
echamos a correr como alma que lleva el
diablo.
Cuando atropellé a una de aquellas
figuras femeninas noté que soltaba el cántaro de barro que llevaba y que de él
salía una bandada de murciélagos que comenzaron a volar tras la moto.
–Agárrate fuerte... voy a meterle
tercera...
Y no escuché lo que dijo, sólo meneó la
cabeza en forma afirmativa, el acelerador rugió como tigre a punto de atacar y
el motor nos lanzó a 105
km/h .
Fue cuando escuché el grito de Melitón,
lo sentí soltarse de mis espaldas y supuse que se había caído de la moto... su
grito fue largo, pero no chocó contra el piso como yo esperaba, sino que se
remontó hacia arriba, como si lo hubiera jalado una mano poderosa hacia el
cielo estrellado de aquella noche de pesadilla.
No quise voltear... sólo quise meterle
más velocidad a la moto.
–Vamos, perrísima, no me dejes... dale
más, nena, dale mas... –Decía entre dientes.
Y como si me entendiera la velocidad
subía, pero una sensación terrible se acercaba a mí, sentía que algo corría a
mis espaldas, y a pesar de que iba a una considerable velocidad lo sentía
pegado al escape de la moto...
Sentí un terrible empujón en mi
espalda, la moto se levantó haciendo un caballo de acero sin yo quererlo,
intenté meter el freno, pero la excesiva velocidad me lo impidió de golpe...
poco a poco la llanta delantera comenzó a caer, y yo caí con ella.
Motocicleta y jinete fuimos a dar al
piso enzacatado, unos raspones por aquí y uno que otro golpe por allá
sorprendentemente, pero nada más... la experiencia de muchas caídas me había
hecho sobrevivir en esa ocasión, pero preferí haber muerto luego de ver que mi
perseguidor era un ente infernal que se acercaba a pasos tranquilos, un par de
alas como de murciélago se plegaron y se pegaron a su cuerpo, unos ojos rojos y
cabello enmarañado señalaban al ser de pesadilla que me había tirado de la
moto.
–Al fin... hijo de puerca... al fin te
vuelvo a encontrar... setenta años... setenta años estuve esperando que
volvieras... y por fin volvistes... nomás pa’ conocer tu destino... –Dijo la
voz sepulcral de aquel ser.
–Y-yo no sé de qué me está hablando...
y-yo no lo conozco... soy de fuera... d-del DF...
–No... Tu eres el rastrero de mi
compadre Remigio... volviste... con otro cuerpo, con otra cara, pero la misma
alma perdida que tenias en tu otra vida...
–N-no... Me llamo Leonardo... Leonardo
Jiménez...
–Tal vez ahora así te nombres... pero
tu alma tiene otro nombre tatuado... el de Remigio García y Torrado... y orita
mismito te voy a llevar a tu morada eterna... EL INFIERNO...
El ente me tomó por el cuello de la
chaqueta y de un tirón la rasgó junto con mi camiseta mostrando mi pecho
desnudo a la luz de la luna, cuando un resplandor brotó de mi pecho, el ser
retrocedió cubriéndose los ojos.
–Maldito perro... ni en tu otra vida
dejaste de usar ese méndigo talismán... –Dijo Horrorizado.
Llevé las manos a mi pecho y toqué la
cruz que llevaba al pecho, la cruz roquera que mi novia me había regalado
cuando cumplimos 6 meses de novios, la llevaba puesta porque según ella era la
cruz que representaba la vida roquera, libre y despreocupada.
Ahora conocía bien aquella cruz, era la
Santa Cruz de Caravaca... supe entonces que no había sido la casualidad la que
me había llevado hasta ese lugar, así como no había sido la casualidad la que
me había hecho portar aquella cruz que yo suponía símbolo de rebeldía, ahora lo
sabia todo...
Sin dar tiempo de que se recuperara,
corrí hacia donde estaba la motocicleta y haciendo sobrehumano esfuerzo logré
hacerla arrancar, dejando una polvareda en aquel lugar infernal me lancé casi
volando lejos de aquella pesadilla.
A mis espaldas oía los gritos de aquel
ser que se había quedado con las ganas de llevarme...
IV
A eso de las cuatro de la mañana llegué
a San Jacinto, un policía de guardia me encontró tendido sobre la moto
intentando hacerla arrancar, el mismo notó que el tanque estaba vacío... y que
yo a pesar de todo continuaba balbuceando con lágrimas en los ojos y el rostro
desencajado por el terror.
–Vamos, nena, no me dejes, arranca, ¿No
ves que viene atrás de nosotros? ¿No ves que me quiere llevar?
Me llevaron a la delegación, luego fui
revisado por un médico que me diagnosticó principios de hipotermia y alteración
nerviosa, la gente de ese pueblo fue muy buena conmigo, les relaté lo que había
vivido y me compadecieron, me dejaron una habitación en la mejor pensión que
tenía y todos los días tenia caldo de pollo en la comida y chocolate caliente
en la merienda, lo admito, nunca conocí mejor gente que en ese pueblecito
pintoresco...
Regreso cada año a vacacionar a dicho
pueblo, los que me conocen me quieren y me respetan al igual que yo a ellos...
aun tengo a mi bebé, la arreglé pues estaba muy maltratada después de esa
pesadilla, y la cruz de Caravaca... bueno... creo que aun puedes mirarla en mi
pecho... por si las moscas también me la tatué en la espalda, aunque tiemblo de
sólo recordar aquel pueblo encajado en la sierra muerta llamado Tecolotlán...
el pueblo del Infierno...
Asocio entre paréntesis mi experiencia
vivida con una rola de mi grupo favorito, la rola The Throoper... en la cual
hay una parte que dice: “El olor a
humo ácido y aliento del caballo. Me acerco a una muerte segura” creo que debí
ponerle atención... y creo que nunca debí haberme ido a parar a semejante lugar
de pesadilla... Tecolotlán aun existe y sigue abandonado...
Cuando en la empresa constructora en la
que trabajo como ingeniero civil me dijeron que me diera una vuelta por allá
(puesto que queda cerca de donde voy a vacacionar) creo que no pude evitar la
sensación de mandarlos al diablo, pero riendo nerviosamente tuve que admitir
que no podía porque era un lugar inapto para ser habitado por nadie (que no
sean los espectros, claro está).
Fin
No hay comentarios:
Publicar un comentario