La noche de Neydn
Se cuenta, en el ancestral Cultes
des Neydn, que en la tierra lejana de Revalya aconteció una desgracia sin
igual. El tomo maldito y añejo habla de que, en una noche helada de pálida
luna, descendió una ciclópea ciudad de los abismos lunares.
Se habla de que las edificaciones
brillaban con luces vaporosas e hipnóticas de aquellas teas, y que las ventanas
altas y titánicas dejaban entrever unas siluetas extrañas que danzaban
bizarramente.
Durante días, los habitantes de las
colinas contemplaron el palacio del exilio donde se desarrollaban extraños
juegos. El escalofrío que aquel edificio y las cosas que se retorcían en sus
entrañas despertaban en sus mentes supersticiosas era terrible.
Y fue el miedo lo que los forzó a
acercarse a aquellas almenas encantadas llenas de luces hipnóticas.
Vapores purpúreos se alzaban
viciando las brumas mefíticas que flotaban entre nudosos troncos de árboles
desconocidos.
Los guerreros de la vecina aldea
comercial de Revalya temblaron al pasear sus vistas desesperadas y temerosas
por aquellos lúgubres bosques tan distintos a los suyos, en la mente de Hastys,
el líder de la expedición nació la frenética idea de que aquella ciudad era un
fragmento de otro mundo traído por alguna blasfema brujería. Aquella ciudad
estaba maldita.
La mente bárbara del joven
revalyan se llenó de las voces supersticiosas de sus ancestros que hablaban de
reinos obscuros donde negros dioses deformes y dementes reinaban desde tronos
lúgubres.
Se preguntó qué Dios moraría en
aquella ciudad fantasma. Porque, indudablemente era un lugar de muerte.
Hastys y sus valientes notaban el
hedor dulzón de una muerte ácida flotando en el aire enrarecido de aquel pantanal.
Salieron a trompicones a una amplia calzada cuyo empedrado era de una textura
tan diferente y uniforme que, parecía haber sido aplanada por miles de pies a
lo largo de los siglos, o pisada por un único gigante en trabajo meticuloso.
Pero el polvo, la mugre, el
silencio, escombros y fragmentos de edificaciones, templetes y murallas derruidas
hablaban en silencio de un desastre. De una terrible hecatombe acaecida años
atrás, los muros, gastados y enrojecidos, los templos, destrozados y esqueléticos,
las calles, solas y ruinosas.
El corazón de los guerreros
revalyan se estremeció y algunos puños temblaron un poco sacudiendo las lanzas
de punta de obsidiana, pero perseveraron, no podían volver con el chamán sin
decirle qué dios o criatura embrujaba aquella ciudad.
A lo largo de las gastadas calles
se esparcían montículos gastados por vientos de otros mundos. Hastys tembló,
¿Acaso estaría pisando con sus sandalias de cazador alguna de las naves de nube
de los Dioses dónde éstos viajaban a sus danzas nocturnas? La perspectiva de
estar profanando alguno de aquellos raros y embrujados navíos voladores y el
precio por la osadía aumentaron su nerviosismo.
Geryn, el arquero de ojos
penetrantes escrutaron los altos ventanales tratando de descubrir los trazos de
aquellos bailarines sombríos.
El arquero tragó saliva, no
distinguió las formas, pero sí esbozó lo suficiente para cerrar los ojos,
Hastys lo cuestionó en voz baja, los revalyans se ocultaron en unos arbustos.
Geryn les contó que, a la luz de extraños
y repugnantes bulbos brillantes, un salón de altos muros nervudos servía de
fondo para un espectáculo siniestro de sombras.
Siluetas famélicas, alargadas y
chocantes sacudían sus miembros delgados y tan ajenos a lo humano que fueron la
causa de que el bravo arquero desviara la vista.
Los revalyans eran una tribu
guerrera, cazadora y agricultora, pero también apreciaban la belleza, el arte y
sobre todo las leyendas de sus ancestros que eran la piedra angular de su fe.
Ninguno se rió o increpó al arquero, todos comprendían que estaban en una de
las odiosas ciudades negras de los dioses tenebrosos del cielo, aunque
ignoraban quién viajó desde el negro abismo, reptando entre las estrellas hasta
colgarse de aquél trozo de tierra.
Hastys y sus hombres formaron un
círculo y oraron mentalmente a los héroes de sus ancestros en busca de consuelo
y valor, luego, el guerrero ordenó a Geryn que volviera a la aldea y que
reuniese todos los guerreros y vigilase los bosques y sobre todo, que convocase
a todos los chamanes, brujos, adivinos, nigromantes y hechiceros para ir a
contemplar aquel siniestro e infernal trozo del cosmos.
El arquero salió con pesar al
dejar a sus hermanos ante los portales del palacio iluminado por aquellos
repugnantes bulbos fosfóricos que parecían crecer más que pender de las nudosas
paredes nervudas.
Parecía más un ser vivo que un
edificio.
Con éste terrorífico pensamiento,
el valiente arquero volvía a Revalya con el mensaje.
Hastys y el resto de guerreros
alzaron la vista, incluso la madre blanca del cielo estaba viciada por el aire
insano de aquella ciudad de pesadilla. Lucía extrañas iridiscencias estriadas
quizá por el vapor purpúreo que se alzaba de los miasmas que quizá serían
estanques y arroyos pútridos ya. Incluso alguno de los guerreros creyó ver una
pequeña y blasfema señal de vida en un repugnante chapoteo en aquel miasma
podrida. ¿Qué tipo de vida será la capaz de vivir en un sitio tan impuro?
Y marcharon bajo la enrarecida
luz de luna, marcharon sorteando los escombros, derrumbes y fallas, marcharon
pese a que el miedo se les enroscaba en el pecho como una serpiente.
Y llegaron hasta las murallas del
titánico palacio central de aquella ciudad muerta. La mente de aquellos
bárbaros se inundó de mil gritos ancestrales en su mente, aullando enloquecido,
un obscuro sentido de fatalidad y peligro se disparó.
No había portal alguno que
accediese a aquél coloso.
Hastys y sus guerreros examinaron
el palacio, la roca era del mismo liso material del que estaban pavimentadas
las rojizas y sucias calles, aunque el material del palacio mantenía una
calidad pulcra de un hermoso color claro brillante, y sus muros eran tan altos
y tan lisos que no podrían escalar por ellos, sólo la kui-hy, lagarto de
montaña que se creía mensajero del submundo, podría ascender por aquella antinatural
superficie.
La situación era qué hacer, al
notar que una intrusión no era viable de momento, se optó por el espionaje,
saber cuanto pudiesen para informar mejor a los sabios brujos y chamanes.
Los guerreros avanzaron, Kulmaz,
el menor de todos era quien poseía mejor memoria del grupo para los detalles
que los otros pasaban por alto, era hábil al recordar sendas, caminos, formas
estelares, símbolos y dibujos, Hastys, que era primo de éste, estaba seguro de
que aquél muchacho podría aspirar a ser chamán algún día, o ayudante de
oráculo, Hastys sabía que Kulmaz tenía el don de la profecía.
Y lo más importante, conocía de
memoria todas las leyendas de los terribles Dioses de los Abismos del Cielo.
El joven avanzó mesando sus barbas
ralas que denostaban su adolescencia mirando los grabados que adornaban los
muros.
Había muchos grabados, el chico
pasó la mano por aquellos trazos, tembló de emoción al imaginar las manos que
habrían tallado tan primorosamente aquellos frisos.
Miró las escenas, había figuras,
altas, imponentes y señoriales, indudablemente dioses, o hijos de dioses, ya
que el porte severo, apostura y corpulencia sólo podían pertenecerle al creador
de la vida. Enki, quizás, y sus hijos liderados por Marduk. Un suspiro de
alivio comenzó a formarse en el pecho de Kulmaz, pero murió antes de nacer, a
mitad de su garganta al notar la escena siguiente, los dioses cargando miles de
ciudades con cilindros, cajones y otras cosas desconocidas, sus rostros, antes
estoicos y seguros, ahora mostraban algo a caballo entre el miedo y la
inquietud, aquellos sabios huían a los cielos desde algún paraíso lejano al
negro, frío y silencioso éter.
Al parecer, aquella ciudad era un
trozo de aquél paraíso, lleno de vida, de manantiales naturales habilitados por
ingeniosos armazones que maravillaron al joven, miró a los sabios, tranquilos
al fin mirando un cielo de estrellas borrosas, quizá viajando muy rápido, más
rápido aún que la luz de las estrellas que trataba de seguirlos inútilmente.
Pero algo ocurrió durante su
travesía, navegando desde su mundo al nuestro en su ciudad. Unas figuras
negras, esbozadas con arte y maestría así como brutál realismo horrorizaron a
los guerreros.
Largas extremidades similares en
forma a las de los arácnidos pero con la correosa textura del cuero de reptil
evidenciada por finísimas escamas. Torso delgado y fino aunque musculoso
denostando una feroz resistencia y una elasticidad inimaginables, anchas
espaldas de las que sobresalían garras cartilaginosas aunque de una dureza
indudable, ya que muchos grabados mostraban a dichos seres usándolos en
frenéticos ataques contra la raza de los sabios, se veía un grupo atacando a
uno de aquellos titanes que, pese a su tamaño e indudable poder siempre
terminaba superado por los puros números.
El joven casi creyó escuchar los
aullidos de aquella deidad al ser destrozada por aquellos seres tan extraños.
Ya por último, la cabeza,
dinámica y brutal para el cuerpo que poseían obviamente siguiendo alguna ley
desconocida de anatomía, o simplemente una geometría de pesadilla, aquellas
bestialidades poseían grandes ojos que abarcaban los flancos de la cabeza.
Al frente y atrás, un par más de
ojos dándole seis de éstos, un hocico breve pero repleto de afilados y finos
colmillos con los que devoraban los cadáveres que iban cosechando, la cabeza de
aquellos seres casi sería una calavera, y quizá lo fuera de los pómulos a las
quijadas, pero pómulos arriba era otra cosa, algo tan bizarro que ninguno quiso
conjeturar.
Aquellos seres se pasearon por
las calles de la ciudad internándose en palacios, templos y altares profanando
todo, y al final, encerrándose en las entrañas subterráneas de unas catacumbas
extrañas.
Los sabios, previendo esto,
sellaron el palacio del exilio con poderosos sortilegios y temibles
maldiciones, los frisos los mostraban cerrando los portales con rayos, voces,
música y algo más que el joven no comprendió en un principio.
Y después, estos mismos señores,
los últimos que sobrevivieron a la voracidad de aquellos entes decidieron
sepultarse antes de perecer de forma tan ominosa. Ahora comprendía, aquello no
era un palacio, sino una cripta-prisión.
Las criaturas quedaron encerradas
dentro, mientras, los últimos hijos del cielo se colocaban dentro de ataúdes
negros de cristales similares a la obsidiana para dormir el sueño de la muerte,
justo bajo el centro de la prisión.
No había más grabados, sólo una
inclinada y garigoleada línea de trazos que el chico asimiló con escritura, ni
se esforzó en leerlas, eran palabras de dioses que sólo otros dioses podían
leer.
Quizás alguna advertencia, quizás
algo más.
Hastys, tras escuchar el relato
discernido miró las altas almenas iluminadas de la extraña y repugnante luz, y
oyó el ruido de tambores, de melodías bizarras, bárbaras e hipnóticas aún para
él. El guerrero recordó la ceremonia de su mayoría de edad, tantos años atrás,
la noche en que él bailó con la quimera en los bosques, aquello era una burda
parodia, pero le recordaba tanto aquello, oyó los sonidos horridos y
cloqueantes de aquellos seres parte insecto, parte lagarto y parte cadáver que
se retorcían y sacudían dentro del horrido infierno que era aquella fantasmal
edificación.
Hastys miró las almenas y las
sombras danzarinas y nebulosas le mostraron que eran aquellos seres retratados
en los frisos, eran las criaturas que acabaron con esos dioses que nunca
llegaron, y la ira ocupó el lugar del miedo en su alma guerrera.

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